Experiencia, Explicación y la Búsqueda de la Coherencia.
Giampiero Arciero y Vittorio F. Guidano.
Segunda parte


Continuidad y discontinuidad

A partir de la adolescencia y posteriormente en la vida adulta, se va estabilizando más y más una narración de sí mismo autónomo respecto al fluir de la vida, pero cuya estabilidad y direccionalidad es contingente al fluir de la experiencia. De hecho, mientras los temas emocionales básicos continúan orientando el desarrollo adulto, su composición en una trama de significados está unida a las situaciones que emergen en el curso de una vida y que vuelven esa vida y aquella historia absolutamente singular. Por tanto, la identidad narrativa, por un lado, elabora las emociones temáticas a la que está anclada, y por el otro, integra las emociones discordantes y los eventos inesperados en un sentido de unicidad y unidad. De esta forma, “la unidad narrativa de una vida” modula la relación –sobre la que depende- entre los temas emocionales nucleares y las situaciones emocionales, asegurando un sentido de estabilidad personal y continuidad en el tiempo. El punto central del acto narrativo es la relación entre el nivel de estructuración de la trama y la capacidad de modulación afectiva. De hecho, cuanto más capaz es la composición de los eventos de articular la propia experiencia en una unidad inteligible, más capaz es de modular las oscilaciones emotivas perturbadoras y asimilarlas en un sentido de sí mismo. Esto se explica porque trascurre una especificación recíproca entre la reconfiguración simbólica de la experiencia y la capacidad de reconocer diferentes tonalidades emocionales y variaciones diferentes de una misma tonalidad emocional dentro del sentido de continuidad personal. Como dice Taylor: “En cada etapa, lo que sentimos es una función de lo que ya hemos articulado y evoca la confusión y perplejidad que una comprensión adicional puede no revelar. Pero si nosotros queremos tomar el desafío o no, si buscamos la verdad o tomamos refugio en la ilusión, nuestra auto-(in)comprensión moldea lo que nosotros sentimos. Este es el sentido en que un hombre es un animal auto-interpretativo” (Taylor, 1985, p.65).

La relación entre la unidad y la discontinuidad tiene, entonces, como contraparte la relación entre la organización emotiva básica y los eventos emocionales. De este modo, las circunstancias que constelan la vida de una persona pueden ser asimiladas en una historia y por tanto en una identidad narrativa si, por otro lado, las emociones que disparan pueden ser integradas en un sentido de permanencia de sí mismo (dialéctica interna del personaje). Más específicamente, el evento imprevisto pone en jaque la identidad narrativa generando emociones que perturban el sentido de continuidad personal. La integración del evento en una narrativa de sí mismo en curso, por un lado, reactiva temáticas emocionales y, con ellas, señales internas, imágenes, escenas, secuencias de acciones y pensamientos; por el otro, cambia la dirección de la propia historia, modificando el horizonte de las expectativas. Es decir, la asimilación de la experiencia inesperada implica, por un lado, un reordenamiento retrospectivo del espacio histórico de la experiencia, por otro, el reensamblaje de proyectos de vida coherentes con la revisión de la propia historia. En este sentido la historia concreta de sí mismo madura continuamente en un presente tenso entre la memoria y la ficción. Desde el punto de vista de la dinámica interna, la integración coherente del evento implica una modulación de las tonalidades discordantes que son por tanto percibidas y reconocidas como variaciones del sentido de continuidad personal. De hecho, cuanto más pueda la composición de los eventos articular la propia experiencia en una unidad inteligible, más puede modular las oscilaciones emocionales y perturbadoras y asimilarlas en un sentido de unidad personal. La cohesión de los eventos de vida en la narración de sí mismo proporciona, así, un sentido de estabilidad dinámica en el tiempo que se acompaña de una modulación igualmente estable del dominio emocional.

Los estudios sobre el procesamiento social y cognitivo de las emociones (Philippot y Rimé, 1998) subrayan claramente la interdependencia entre la intensidad de los eventos, la activación de los temas emocionales y su integración a través de la rumiación mental (mental rumination) y el compartimiento social (social sharing). Cuanto más discordante sea la experiencia inmediata con respecto al sentido en curso de estabilidad personal, más importantes llegan a ser los procesos de re-elaboración a través del compartimiento social y la rumiación mental. La repetición narrativa de una experiencia emocional pone en marcha los temas emocionales sedimentados y, así, facilita la integración de las situaciones de vida que no son consistentes con la identidad narrativa estructurada hasta ese momento. A menudo, las transiciones evolutivas y las etapas vitales, disparando una modificación de la percepción de sí mismo, son la ocasión para la mayoría de nosotros de comprometerse en alguna forma de revisión de la narrativa de sí mismo. La calidad de la integración de estos desafíos evolutivos influenciará la habilidad para resolver posteriores demandas evolutivas (Cicchetti, 1998). Menos frecuentemente, en el curso del ciclo de vida, eventos tan inesperados y discordantes con respecto a la propia historia y el sentido en curso del sí mismo, puede requerir una mayor reorganización de la identidad narrativa. Ante la imposibilidad de integración coherente, el evento dispara una ruptura radical del sentido de continuidad, determinando un efecto retroactivo en el ordenamiento de la experiencia e inevitablemente sobre el horizonte de las expectativas de vida. La disgregación de la narración de sí mismo que sigue está acompañada de una galvanización más intensa de los procesos de ordenamiento nucleares. La profunda movilización de temas emocionales básicos en el curso de periodos críticos (discontinuidad) asegura el sentido de permanencia de sí mismo y simultáneamente orienta los esfuerzos del sujeto de reelaboración global de la propia identidad narrativa.

No sorprende, por tanto, los datos aparentemente contrapuestos que indican como en los momentos de transición ocurren grandes transformaciones y discontinuidades, pero también una magnificación de disposiciones básicas de la personalidad en vez de un cambio de las mismas (Caspi y Moffit, 1991).

El éxito de una reorganización global del sentido de sí mismo depende de las capacidades de reelaborar un nuevo equilibrio –más flexible y abstracto que el previo- entre la experiencia crítica, los temas ideo-afectivos que esta última ha disparado y las perspectivas de vida. Cada proceso de revolución personal se acompaña, por tanto, de una reinterpretación profunda del propio pasado y una reconstrucción de los proyectos existenciales y la misma praxis del vivir. Por otro lado, la incapacidad de tal reelaboración, no permitiendo autoreferirse la perturbación crítica, no permite reintegrar la discrepancia emotiva en un sentido de continuidad personal. Cuando esto ocurre, la fuerte activación de temáticas emocionales básicas –mantenida por la persistencia de la discrepancia- determina, por un lado, la rigidez y concreción de la narración de sí mismo y, por el otro, un sentido de extrañeza y de no pertenencia de la experiencia crítica. La manifestación de situaciones psicopatológicas puede representar, entonces, el intento extremo que la persona realiza para mantener un sentido de manejo de su propio sentir.


TRASTORNO Y TERAPIA
Principios de Psicopatología
La perspectiva que hemos ido delineando en el curso de los párrafos precedentes impone una drástica revisión de la metodología que está a la base de las concepciones actuales en psicopatología y psicología clínica. De hecho, si consideramos que la experiencia ya no se considera como impersonal sino en términos de su significado para el individuo que la vive, la explicación de los trastornos clínicos cambia inevitablemente; su génesis hay que buscarla, en efecto, en la historia de las transformaciones de la identidad narrativa que el sujeto ha sido capaz de articular en el curso del desarrollo del ciclo de vida.

Por otro lado, si –como impone la metodología racionalista- el evento mental es considerado como impersonal, la explicación del trastorno clínico no puede sino estar causada por procesos impersonales. El cerebro, entonces, por su carácter de interioridad no percibida por mi cuerpo, se convierte en el lugar y el medio de la explicación. La reducción de la experiencia personal a procesos de bioquímica cerebral autoriza, entonces, tratar el trastorno mental en términos de evento neutro, quizá genéticamente determinado, que ocurre en mi cerebro. Desde estas premisas no puede sino deducirse una epistemología impersonal que orienta la identificación de los trastornos psicopatológicos en base a las manifestaciones clínicas (causalmente relacionados a modificaciones bioquímicas) eliminando la existencia particular de la persona.

La perspectiva no cambian mucho si la explicación biológica del trastorno mental –implícita en el DSM IV- se sustituye por la explicación lógica-racional querida por los cognitivistas. En tal caso también, el trastorno, que es visto en términos de no correspondencia de las propias representaciones con un orden externo unívoco, es explicado en base a leyes que definen la racionalidad e irracionalidad de la actividad cognitiva humana independientemente del sujeto que la lleva adelante. Sin embargo, si la construcción de la identidad personal es comprendida como “una modalidad fiable de construir un mundo” capaz de producir una cualidad de la experiencia inmediata reconocible como el propio Sí Mismo (Guidano 1987), el trastorno clínico llega a ser comprensible sólo a la luz de la dialéctica fundamental entre el dominio del hacer y el sentir y su recomposición en una narrativa de sí mismo. Entonces, si por un lado diferentes organizaciones emocionales orientan en el curso del ciclo de vida, la asimilación de la experiencia según diferentes modalidades, por el otro, aquellos mismos patrones de significado personal podrán declinarse (en los componentes somáticos, conductuales o emocionales) en ámbito normal, neurótico o psicótico, en función de los niveles de articulación e integración de la experiencia en una cohesión unitaria de sí mismo. El continuum normalidad – neurosis – psicosis puede ser comprendido sólo dentro de esta mutua regulación. Mientras la normalidad coincide con una elaboración flexible y generativa de los eventos críticos (la asimilación del evento discordante permite una progresión de la historia y una articulación más amplia del sentido de sí mismo), en la condición neurótica la situación discrepante es elaborada fuera del sentido de cohesión del sí mismo. Esto genera varios efectos:

a) menor flexibilidad y habilidad de generación en la organización de significado personal, limitando la capacidad de integración; lo que constriñe el desarrollo de la historia y su personaje.

b) El repetitivo emerger de las emociones críticas que no pudiendo ser articuladas en una cohesión unitaria deben ser manejadas concretamente.

c) La atribución de la “condición neurótica” a los aspectos negativos o externos a sí mismo, que mantiene la discrepancia de la que es generada.

Finalmente, en la situación psicótica, la incapacidad para elaborar el evento discrepante produce una disgregación del sentido de cohesión de sí mismo y por tanto de la identidad narrativa. Esta extrañeza de sí mismo consigo mismo –ruptura interna del “mecanismo de identidad”- tiene repercusiones en las dos polaridades de la identidad personal. Por un lado, determina una intensa galvanización de temas básicos emocionales al punto de excluir cada posible variación del sentido de sí mismo. Además, la incapacidad de reordenar el propio sentir y actuar en una trama coherente de significados hace que el sujeto no logre descentrarse del campo perceptivo de la experiencia inmediata; en efecto, el acontecer intercurrente del vivir se vuelve estable en el tiempo sólo si recompone en conexiones coherentes que integran de manera unitaria la multiplicada del acontecer. La imposibilidad de articular la variedad de la experiencia, identificándola como propia, explica por qué imagines, percepciones, pensamientos, emociones, etc. son advertidas como elementos extraños a la interioridad. De aquí aquel amplio cortejo sintomático característico de los estados psicóticos que la psiquiatría ha descrito como alucinaciones, ideas de referencia, inadecuación de la afectividad. Por otro lado, la estabilización de esta modalidad de percibir se verifica a través de una estructura de sentido inmutable que anula la heterogeneidad de los acontecimientos. Desde esta perspectiva no hay diferencia que la estructura de sentido sea univoca, como en el caso del delirio o en la forma catatonica, o que se pulverice en conexiones ininteligibles como en las formas desorganizadas. En ambos casos, en efecto, los acontecimientos nuevos serán reconocidos sin que determinen un efecto retroactivo sobre el espacio de la experiencia y sobre el horizonte de las expectativas, neutralizando así la variedad y los posibles efectos generativos. Eso contribuye a mantener bloqueado los patrones de activación en acción y simultáneamente produce una gradual pérdida del sentido compartible del significado individual de la experiencia.

Por tanto, según el nivel de flexibilidad y generatividad alcanzados en el curso del desarrollo personal, una misma organización de significado puede ser elaborada según dimensiones diversas de integración. Por ejemplo, haciendo de nuevo referencia a los evitantes, la misma experiencia crítica de pérdida puede ser comprendida como un punto de cambio, que permite una relectura de la historia personal y de las expectativas de vida (dimensión normal), o como una confirmación del propio destino de exclusión atribuida a aspectos concretos de sí mismo (dimensión neurótica), o finalmente, como reconfiguraciones delirantes del propio sentir que variaran según la polarización emotiva; si es negativa (desesperación) con delirios y alucinaciones con temas de inadecuación personal, ruina, culpa, etc.; si es positiva (rabia) con delirios persecutorios.

La Psicoterapia Post-racionalista: Aspectos metodológicos

Los principios de psicopatología delineados previamente implican una clara orientación del setting terapéutico: éste sólo puede ser situado en el corazón de la dialéctica entre la experiencia de existir (vivir) y su reconfiguración (conjunta) en una conexión comprensible de los eventos. Es, por tanto, evidente que la relación terapéutica es una parte integral del setting en sí mismo. [3] El proceso terapéutico, por tanto, se vuelve ya desde las primeras fases a la progresiva distinción de las dos polaridades constitutivas de la identidad personal. Esto, por un lado, permite al paciente captar las tonalidades emocionales en curso y los patrones de activación recurrentes; por el otro, el paciente puede reconocer los procesos de interpretación básicos que emplea para dar un significado a la propia experiencia de existir. Por lo cual, en el reconstruir un cierto evento con el paciente, el terapeuta debe ser capaz de conducir alternativamente la atención del paciente a estas dos dimensiones de la praxis de su vivir y sobre su dialéctica.

Como muestran los estudios sobre la recuperación de una experiencia emocional (Philippot y Rimé, 1998) la reelaboración conjunta de los eventos, para ser efectiva, debería centrarse, además de en los hechos, en la exploración profunda de los sentimientos disparados por los eventos. De esta forma, el terapeuta gradualmente refigura con el paciente: a) cómo la percepción inmediata del evento ha disparado la discrepancia (la emoción con la cual el evento se advirtió, la percepción de la situación y el contexto); el efecto que el evento produjo sobre el sentido en curso de la estabilidad personal (activación de los temas ideo-afectivos y las diferentes emociones a ellos conectadas); b) cómo el paciente integra la dialéctica entre mismidad (temas emocionales nucleares) e ipseidad (situación emocional) en una cohesión inteligible (atribución de la acción y/o emoción a uno mismo o a los otros, evaluaciones de la imagen de uno mismo -y de los otros- en curso, convicciones sedimentadas, razones contingentes, explicaciones, etc.)

Paulatinamente, el terapeuta a través de la re-elaboración conjunta de secuencias de eventos, tenderá a hacer siempre más evidente al paciente cómo detrás de la aparente extrañeza de las emociones críticas trasluce una unidad organizativa con su coherencia interna. El objetivo del terapeuta consiste, precisamente, en facilitar la apropiación de aquellas emociones perturbadoras en una narración de sí mismo capaz de integrar el significado de las emociones perturbadoras y el sentido de la continuidad personal. El terapeuta implicado en este proceso debe tener dos consideraciones básicas en su mente. En primer lugar, que la forma en que el paciente trata de reorganizar el sentido y significado de su historia no está vinculada a la verdad objetiva de los hechos, sino a una revisión de la experiencia personal que haga factible para el paciente la continuidad tanto de la historia como de su ser protagonista. Desde esta perspectiva, las resistencias, activadas por los eventos que ponen en peligro la continuidad del sentido de sí mismo, aparecen como mecanismos que pretenden mantener la viabilidad de la identidad personal en curso. Por esta razón, deben ser articuladas en vez de oponerse a ellas. Como han subrayado Mahoney y Lyddon (1988), es muy probable que el respeto por la sabiduría implícita de los procesos sistémicos faciliten el progresivo desarrollo psicológico, respecto a lo que ocurre en cambio si se intenta negar su significado o limitar su expresión.

Por otro lado, el curso del proceso de articulación emotiva (eso que ocurre en la propia praxis de vivir y cómo se hace coherente en una cohesión unitaria de sí mismo) está determinado principalmente por la habilidad de comprensión que el paciente ha desarrollado en el curso de su narración de vida, antes que por la profesionalidad del terapeuta. A tal propósito compartimos el punto de vista de Cicchetti (1998) para el cual, aunque no sea inevitable, “una adaptación positiva a desafíos evolutivos aumenta la competencia y mejora la preparación para resolver de manera funcional/adaptativa las tareas sucesivas del desarrollo. Por el contrario, una resolución comprometida o inadecuada de pasajes críticos del desarrollo se resuelve en una probabilidad disminuida de una adaptación positiva a las demandas evolutivas posteriores”. Esto explica una experiencia común de muchos terapeutas: esto es, cómo diferentes pacientes con idénticos trastornos pueden en un caso reintegrar la discrepancia en el curso de pocas sesiones, mientras que otros son capaces de generar pequeños cambios en un largo período de tiempo. Lo que indica, además, que los procesos de reordenamiento del paciente constituyen la limitación fundamental del desarrollo y duración de la terapia.

Bajo el perfil metodológico, la auto-observación es la práctica esencial para llevar adelante tanto la evaluación como la intervención terapéutica. Adoptando un lenguaje entre lo cinematográfico y lo literario, el terapeuta reconstruye con el paciente el contexto emocional-histórico y la situación discrepante. Luego, como a través de una “moviola” (Guidano, 1991), el paciente es entrenado en experimentar las escenas enfocando desde afuera las secuencias de los eventos –para reconstruir un significado coherente con la unidad de la historia- para después acercar el enfoque, recolocando la escena- que se ha vuelto significativa – en la secuencia entera. Al mismo tiempo, la reintegración de las escenas críticas en una conexión inteligible se refleja en otras escenas (modificando el énfasis) y sus conexiones (modificando el sentido). Las nuevas tonalidades emocionales que este proceso permite reconocer y dar significado, pueden por tanto ser transformadas en iguales variaciones del propio sentido de sí mismo y de la propia identidad narrativa. En las fases iniciales de la terapia, la autoobservación guiada por el terapeuta capacita al paciente para distinguir entre la dimensión del acontecer y la reconfiguración de este acontecer. El análisis conjunto de las secuencias de escenas permite reconstruir tanto los patrones de coherencia interna subyacente a cualquiera de los eventos problemáticos, como la forma en que el paciente se las refiere a sí mismo. En las fases más avanzadas de la terapia, y luego en el análisis del estilo afectivo y la historia del desarrollo (infancia, edad preescolar, niñez, adolescencia y juventud) este proceso de reformulación puede ser ulteriormente facilitado por el entrenamiento del paciente para reconocerse como protagonista (punto de vista “subjetivo” que permite explorar cómo era percibida la experiencia desde la perspectiva de quien la vivía), como espectador (punto de vista “objetivo” que permite al paciente captar los significados recurrentes en la conexión de las situaciones) y como autor (punto de vista “reflexivo” que promueve la conciencia de la propia forma de integrar la experiencia) de la historia que va narrando. La relectura de los episodios de la vida emocionalmente significativos desde varios puntos de vistas determina la reactivación de las emociones relacionadas y simultáneamente una modificación de las modalidades en la cual estas son evaluadas y autoreferidas. Esto, por un lado, induce la recomposición de nuevos grupos de respuestas inmediatas a nivel subjetivo, expresivo y fisiológico, generando una mayor flexibilidad en el sentido de estabilidad personal en curso (relación mismidad-ipseidad). Por el otro, el reformular una secuencia de escenas en una cohesión inteligible dispara el emerger de nuevos recuerdos, nuevas conexiones de los eventos y nuevas tonalidades emocionales relacionadas con ellos. Esto se traduce en una recomposición de la relación entre los recuerdos autobiográficos específicos (únicos para cada evento singular), conocimiento del evento general (durante el propio periodo de vida) y temas de vida, simultáneo con un desplazamiento del horizonte de las expectativas (narración de sí mismo). Esta recomposición del espacio de la experiencia, que gradualmente toma forma en el curso de la revisión conjunta de la praxis del propio vivir y de su historia, modifica simultáneamente la imagen habitual de sí mismo (el protagonista de la historia); ésta va gradualmente reestructurandose a través de un proceso de apropiación de nuevas experiencias que son integradas en una nueva cohesión de sí mismo –modificación del punto de vista actual de sí mismo. Es en este aumento de la flexibilidad a través de un incremento de la integración de la experiencia –que se acompaña de una modulación más articulada del dominio emotivo- en lo que consiste el efecto terapéutico, el aspecto más importante de una psicoterapia eficaz.

El próximo párrafo se mostrará cómo ha sido empleado este método durante el proceso terapéutico con Richard, un cliente que pedió ayuda profesional por sus síntomas depresivos.

La terapia se desarrolla en tres etapas:

1. Construcción del setting con una creciente diferenciación entre la praxis del vivir y su reconfiguración.

2. Recomposición del estilo afectivo.

3. Re-elaboración de la historia evolutiva.

Es claro que esta división en fases se considera como un modo de simplificar la praxis operativa sin ser exhaustivo del proceso terapéutico.







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[1] La posibilidad de reproducir “actos mentales” está en el centro del uso extensivo que la psicología ha hecho de las tecnologías computacionales.

[2] Los estudios realizados en muchos ámbitos enfocan claramente como el lenguaje en las civilizaciones pre-literarias se caracterizan por una adherencia total a la esfera de la acción (Havelock, 1963; Ong, 1982)

[3] Al delinear los aspectos metodológicos dejaremos inarticulado el análisis de la relación terapéutica remitiendo al lector a Guidano (1991)

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