| Instituto de Terapia Cognitiva INTECO - Santiago de
Chile
http://www.inteco.cl |
Título original: Toward a psychology of coaching
Traducido por Sergio Moran
Artículo publicado con autorización del Dr. Anthony Grant
La utilización del coaching ejecutivo o de vida para mejorar el desempeño en el trabajo o la experiencia de vida está aumentando en popularidad. Sin embargo, existe muy poca investigación empírica que demuestre la efectividad del coaching ejecutivo o de vida y han existido pocos intentos para desarrollar una psicología del coaching. Este artículo revisa la literatura empírica y teórica en torno al coaching ejecutivo o de vida y, basado en la psicología clínica y la consejería, detalla un marco de referencia cognitivo-conductual para una psicología del coaching. Esta revisión concluye que existe, en alguna medida, evidencia empírica que apoya la efectividad del coaching, sin embargo, la investigación en coaching aún se encuentra en pañales. Un número de orientaciones para la investigación futura se destaca en este artículo que pudiese consolidar el establecimiento de la emergente disciplina de la psicología del coaching.
El objetivo del coaching ejecutivo o de vida consiste en posibilitar cambios cognitivos, emocionales y conductuales que faciliten la consecución de metas y el aumento del desempeño, ya sea en el campo laboral o en la vida personal (Douglas & McCauley, 1999). Aunque a nivel mundial ha habido considerable interés de los medios en el coaching (Garman, Whiston & Zlatoper, 2000), existe muy poca investigación empírica que valide la eficacia del coaching ejecutivo o de vida (Kilburg, 1996) y, a la fecha, ha habido muy poco trabajo en el desarrollo detallado de un marco de referencia teórico (Brotman, Liberi & Wasylyshyn, 1998). A pesar de la falta de apoyo que lo valide, está claro que la idea de contratar a un coach para aumentar el desempeño de grupos o individuos es altamente atractivo para muchas personas y organizaciones (Dutton, 1997).
La profesión de coaching es no-regulada en muchos países incluyendo Estados Unidos, Reino Unido y Australia. Escuelas no-reguladas para el entrenamiento de coaches cuyo lenguaje tiende a no estar explícitamente fundado en la ciencia psicológica, han estado en operación al menos desde la fundación de CoachU en 1992. Muchos coaches que actualmente ejercen no tienen entrenamiento psicológico y los psicólogos son raramente reconocidos como practicantes realmente competentes (Garman et al., 2000). Sin embargo, la psicología está especialmente indicada para hacer significativas contribuciones en esta área, en términos de establecer una fundación teórica y conducir investigación empírica, adicionalmente a la práctica y al entrenamiento en coaching.
La noción de utilizar principios psicológicos validados para mejorar la experiencia de vida y el desempeño laboral en personas normales y sin síntomas clínicos se remonta al menos tan atrás como Parks (1955). A pesar de las solicitudes para el desarrollo de un detallado y sistemático cuerpo de teoría y práctica psicológica (p.e., Sperry, 1993), a la fecha ha existido poco movimiento hacia el establecimiento de una psicología del coaching especializada.
El objetivo de este artículo se centra en el coaching para el mejoramiento del desempeño en los dominios laboral y personal con poblaciones adultas sin síntomas clínicos. Este artículo presenta una revisión de la literatura académica, propone un modelo de coaching que está fundado en la establecida terapia cognitiva-conductual (CBT - Cognitive Behavioural Therapy), y en la teoría y práctica de la orientación a la solución (SF - Solution Focused), y argumenta que este tipo de enfoque puede llegar a formar parte de la base para una psicología del coaching. Se indica un número de orientaciones para el desarrollo de futuras investigaciones.
Las definiciones del proceso de coaching varían considerablemente en su grado de claridad y precisión así como en la manera en que ellas enfatizan la enseñanza o la instrucción como opuestos a la facilitación del aprendizaje auto-dirigido. Enfatizando un enfoque instruccional, Parsloe (1995, p. 18) propone que el coaching está "directamente relacionado con la mejora inmediata del desempeño y desarrollo de habilidades mediante una forma de tutoría o instrucción." También enfatizando la instrucción Druckman y Bjork (1991, p. 61) proponen que "el coaching consiste en observar a los estudiantes y ofrecerles pistas, retroalimentación, recordatorios, nuevas tareas, o re-direccionar su atención hacia un aspecto relevante/destacable - todo con el propósito de hacer de su desempeño lo más cercanamente parecido al desempeño del experto."
En contraste con el énfasis en la entrega de información a través de la tutoría o la instrucción según el enfoque de Parsloe (1995), y Druckman y Bjork (1991), Whitmore (1992, p.8) propone que "el coaching consiste en liberar el potencial de la persona para maximizar su propio desempeño. Es ayudarle a aprender en vez de enseñarle."
El tema de la facilitación en vez de la instrucción es repetido por Hudson (1999) quien define el proceso de coaching como uno que ocurre cuando "el coach ayuda a su cliente a ver opciones para ser un ser humano más efectivo." (p. xix). Hudson (1999, p.6) propone que: "un coach es una persona que facilita el aprendizaje experiencial que resulta en habilidades orientadas al futuro… (un coach) se refiere a una persona con un rol de modelo confiable, consejero, persona sabia, amigo, guía- una persona que trabaja con fuerzas humanas y organizacionales emergentes para revelar nueva energía y propósito, para dar forma a una nueva visión y planes para generar los resultados deseados. Un coach es alguien entrenado y dedicado a guiar a otros hacia una mayor competencia, compromiso y confianza."
Enfocándose en el coaching ejecutivo Kilburg (2000, p.65) propone que: "el coaching ejecutivo es definido como una relación de ayuda formada entre un cliente quien tiene autoridad gerencial y responsabilidad en una organización y un consultor que utiliza una amplia variedad de técnicas conductuales y métodos para asistir al cliente en el logro de un conjunto mutuamente acordado de metas para mejorar su desempeño profesional y su satisfacción personal y, consecuentemente, mejorar la efectividad de la organización del cliente dentro de un contrato de coaching formalmente acordado."
A pesar que todas las definiciones anteriormente citadas tienen mérito, ellas fallan en definir sucintamente una psicología del coaching. Al enfocarse en el coaching ejecutivo, Kilburg (2000) excluye el coaching personal, de vida y el coaching en el lugar de trabajo a personal no ejecutivo. La definición de Hudson (1999) confunde coaching con un amplio número de otros roles, y Parsloe (1995) y Druckman y Bjork (1991), al enfatizar el aspecto instruccional del coaching se olvidan del aspecto facilitador del aprendizaje auto-dirigido. La definición de Whitmore (1992) define al coach como un facilitador del aprendizaje, pero dice poco a cerca de la naturaleza del proceso de coaching.
Antes de proponer una definición, será útil mencionar algunas de las características sobresalientes del coaching que lo diferencian de la terapia, del mentoring y del entrenamiento.
A pesar que el coaching es claramente terapéutico en cuanto a que apunta a mejorar el desempeño del individuo, o su experiencia de vida, existen diferencias significativas entre el coaching y la psicoterapia. Por cierto, como existe un gran número de diferentes escuelas de pensamiento psicoterapéutico, se debe tener cuidado en hacer generalizaciones a cerca de la práctica terapéutica. Por ejemplo, la terapia psicoanalítica tiene que ver con las dinámicas y los procesos inconscientes que subyacen en la disfunción psicológica y es típicamente una terapia de larga duración. En contraste, la breve terapia orientada a la solución (solution-focused) es de corto plazo, considera al paciente como capaz y funcional, se enfoca en el presente y el futuro, no el pasado, y más bien disecta y analiza el problema, enfocándose en construir e implementar soluciones.
Sin embargo, a pesar de las diferencias en técnicas y filosofías entre las escuelas terapéuticas, la psicoterapia clínica es per se principalmente remedial y relacionada con un modelo de diagnóstico médico donde el cliente es conceptualizado como alguien enfermo y el terapeuta es visto como el experto con un alto grado de conocimiento específico a ese dominio que cura o trata al enfermo. Muchos enfoques psicoterapéuticos se ocupan de sanar viejos dolores emocionales.
En relación a la psicopatología y a la disfunción, el coaching tiene que ver con un aumento en el desempeño o la experiencia de vida más que tratar alguna disfunción. Sin embargo, algunos clientes de coaching pueden llegar a presentarse debido a un percibido déficit de desempeño. Un escenario común sería el gerente sobre-controlador que anhela aumentar sus habilidades de liderazgo. Aunque estos individuos estén desempeñándose bajo el óptimo y, en este sentido, son "disfuncionales", tales individuos no desarrollan problemas de conducta disfuncionales clínicamente significativos como, por ejemplo, agudas fobias sociales o síntomas obsesivo-compulsivos. Por ello, una de las diferencias críticas entre terapia y coaching es que, en términos psicopatológicos, estas poblaciones de clientes son muy diferentes. Puede perfectamente haber algún traslape entre ambas poblaciones, pero esta superposición ocurrirá en el rango central de la curva de distribución.
Este factor tiene importantes ramificaciones para la diferenciación entre la práctica del coaching y la práctica clínica. Por ejemplo, con clientes clínicos el terapeuta necesita siempre estar conciente que está trabajando con un individuo que pudiera hacerse daño a sí mismo o a otros -por ejemplo, el cliente depresivo puede intentar suicidarse, o el cliente sobre-agresivo puede dañar a otros. Con los clientes de coaching esto es mucho menos que un asunto de preocupación. Esta diferencia significa que el coach puede ser mucho más robusto y desafiante (siempre dentro de una manera amistosa con el cliente) que el terapeuta, y puede llevar cuenta en un mayor grado de los compromisos de cambio del cliente que lo que puede hacer un terapeuta con sus clientes o pacientes.
A lo largo del tiempo ha habido considerable investigación del mentoring, incluyendo asuntos como el género (Ragins, 1989; Ragins & Cotton, 1999), la etnia (Koberg, Boss, & Goodman, 1998) y la edad (Rogers & Taylor, 1997). También ha habido evaluaciones sobre la efectividad del mentoring en corporaciones (Clutterbuck & Megginson, 1999) y en organizaciones gubernamentales (Haskell, 1999). Sin embargo, como Zeus y Skiffington (2000) notan, los hallazgos de estas investigaciones pueden no relacionarse directamente con la práctica del coaching y pueden no ayudar de manera confiable a una psicología del coaching. Esto porque existen importantes diferencias entre coaching y mentoring.
A pesar que en contextos organizacionales las dinámicas de alguna forma han cambiado recientemente, tradicionalmente el mentoring ha sido una relación jerárquica en donde un mayor sabio transfiere su conocimiento específico en un domino a un agradecido aprendiz. El aspecto central en la comparación entre coaching y mentoring es que el mentoring tradicionalmente tiene que ver con un individuo con conocimiento experto en un dominio específico que transfiere su conocimiento a un individuo con mucho menos experiencia. Esta transferencia de conocimiento puede llevarse a cabo de varias maneras -la relación entre el mentor y su pupilo puede ser autoritaria o igualitaria, sistemática y estructurada, o ad hoc. En contraste, el coaching es un proceso en donde el coach facilita el aprendizaje en el coachee. El coach no necesita ser un experto en el área de aprendizaje del coachee. El coach sólo necesita tener expertizaje en la facilitación del aprendizaje y en la ampliación del desempeño.
Por supuesto, muchos coaches tienen gran expertizaje en áreas específicas y usan esa experiencia para promover el aprendizaje del coachee. Muchos mentores pueden tener buenas habilidades de coaching y muchas relaciones de mentoring sin duda conllevan altos grados de involucramiento, pero el mentoring per se no requiere de habilidades de coaching. Efectivamente, se ha argumentado que para hacer del mentoring una práctica realmente efectiva sus elementos implícitos de coaching deben ser traídos a la superficie a través de un entrenamiento explícito de las habilidades de coaching (Darwin, 2000).
El objetivo principal de cualquier programa de entrenamiento es preparar a los entrenados para que se desempeñen efectivamente en una tarea específica luego del entrenamiento (Druckman & Bjork, 1991). Los programas de entrenamiento están predeterminados por el entrenador y normalmente no son muy flexibles y están diseñados para impartir competencias específicas en los entrenados. En general, el entrenado debe adaptarse al proceso y a la estructura del entrenamiento. El entrenamiento, por lo tanto, es un proceso más rígido y externamente determinado que el coaching. En la práctica del coaching, es el coachee quien fija la agenda y determina los objetivos a lograr. De nuevo, algunos entrenadores pueden tener excelentes habilidades de coach y un coach puede, a su vez, actuar como un entrenador.
Existen numerosas situaciones donde el entrenamiento no resulta en un desempeño ampliado luego de haber cumplido satisfactoriamente el programa de entrenamiento (Schmidt & Bjork, 1992). Un aspecto en esta falta de transferencia en el entrenamiento es que, en general, los programas de entrenamiento no imparten de manera explícita habilidades metacognitivas en los entrenados (Hesketh, 1997). Las habilidades metacognitivas -la habilidad de pensar a cerca de los propios pensamientos, sentimientos y conductas- son factores esenciales en la maestría de nuevas habilidades (Carver & Séller, 1998), y se ha argumentado que el entrenamiento para la prevención de recaídas y el entrenamiento auto-hablado funcional debiera facilitar la transferencia del aprendizaje (Latham & Seijts, 1997).
Como el estímulo de tales habilidades metacognitivas es central en el proceso de coaching, puede ser que el coaching pruebe ser un útil complemento o reemplazo de algunos programas de entrenamiento. Olivero, Bane y Kopelman (1997) encontraron que el entrenamiento seguido de un coaching uno-a-uno aumentaba significativamente la productividad comparado sólo con entrenamiento. Aunque un valioso aporte a la base de investigación sobre coaching, el entrenamiento y el aumento del desempeño, el estudio de Olivero et al. (1997) no investiga las habilidades o los procesos metacognitivos asociados con la intervención relacionada con coaching. La investigación futura debiera investigar aún más la utilidad del coaching como un complemento al entrenamiento y buscar detallar los factores interpersonales e intrapersonales relacionados con el aumento del desempeño.
De lo anterior, distinguiendo el coaching de terapia, mentoring y entrenamiento, queda claro que el coaching no tiene que ver con el remedio de disfuncionalidades. No tiene que ver con decirles a las personas qué hacer y no está necesariamente ocupado del expertizaje en dominios específicos.
Tras los procesos de coaching, están los principios que guían el aprendizaje adulto efectivo. Estos incluyen el reconocimiento que los aprendices adultos son autónomos, poseen una base de experiencias de vida y conocimiento desde donde son capaces de generalizar, poseen la disposición a aprender e involucrarse en práctica la reflexiva, y la noción de que los aprendices adultos desean ser tratados con respeto (Dailey, 1984; Knowles, 1970).
Con estos conceptos en mente, en esta tesis se propone que el coaching de vida o personal puede definirse de la siguiente manera:
El coaching personal o de vida es un proceso sistemático enfocado en la solución [solution-focused] y orientado a resultados [result-orientated] donde el coach facilita la ampliación de la experiencia de vida y el desempeño del coachee en varios dominios (según lo determine el coachee), y estimula el aprendizaje auto-dirigido y el crecimiento personal del coachee.
De modo similar, el coaching en el lugar de trabajo, ya sea a ejecutivos o no-ejecutivos puede definirse de la siguiente manera:
El coaching en el lugar de trabajo es un proceso sistemático enfocado en la solución [solution-focused], orientado a resultados [result-orientated] donde el coach facilita el desempeño en el trabajo, el aprendizaje auto-dirigido y el crecimiento personal del coachee.
En resumen, los constructos medulares del coaching incluyen: una relación colaborativa, igualitaria, en vez de autoritaria, entre el coach y el coachee; un enfoque en la construcción de soluciones no en el análisis de problemas; el supuesto que los clientes son capaces y no disfuncionales; un énfasis en la fijación colaborativa de objetivos entre coach y coachee; y el reconocimiento que aunque el coach posee expertizaje en la facilitación de aprendizaje a través del coaching, ellos no requieren necesariamente expertizaje específico en el dominio definido por el área de aprendizaje del coachee. Más aún, para hacer expedita la obtención de los objetivos el proceso de coaching debe ser un proceso sistemático dirigido por objetivos y, para facilitar el cambio sostenido, debe estar dirigido a estimular el aprendizaje permanente y auto-dirigido y el crecimiento personal del coachee.
La búsqueda de literatura excluyó el mentoring y el coaching entre pares y se orientó a la identificación sólo de aquellos papers académicos que hicieran referencia específica al coaching y donde los individuos que han hecho de coach hubiesen recibido entrenamiento explícito en habilidades de coaching. La búsqueda se restringió a revistas psicológicas académicas revisadas por pares, excluyendo a propósito revistas y boletines profesionales y comerciales.
A pesar de un significativo conjunto de literatura en mentoring, entrenamiento y consejería psicológica y clínica, una revisión de la literatura sobre coaching de vida o ejecutivo indica que aún no existe un cuerpo de conocimiento coherente que sustente una psicología del coaching aunque las raíces de tal disciplina son claramente evidentes y de larga data.
En contextos organizacionales, Glaser (1958) reportó el uso de consultación psicológica como una manera de ampliar el desempeño ejecutivo, y ha habido sostenido interés en usar psicología en el coaching relacionado con el trabajo hasta el día de hoy (p.e., Acklin & Wixom, 1984; Conway, 2000; Forman & Kotter, 1977; Gorby, 1937; Hillman, Schwandt, & Bartz, 1990; Peterson, 1996). Filipi (1980) y Ponzo (1977) notaron la necesidad de que el consejero actúe como un coach en habilidades de vida, y Thompson (1980) predijo que para el año 2000 los psicólogos aumentarían su énfasis en el aumento de la calidad de vida como opuesto a la terapia remedial.
Una revisión de la literatura académica en coaching y psicología es de alguna manera obstaculizada por los variados significados dados al término "coaching". Una búsqueda en las bases de datos PsychInfo y PsychList entre 1872 y 2001 usando los términos "coaching" o "coach" registran un total de 1.435 citas.
Un análisis preliminar de esta información indicó que el coaching ha sido usado en un amplio rango de desde su primera mención, en referencia al desempeño en el lugar de trabajo para reducir los desperdicios, en 1937 (Gorby, 1937). Los términos coach y coaching han sido usados en la literatura para referirse al coaching entre pares en entornos educacionales (Scarnati, Kent, & MacKenzie, 1993), al entrenamiento cognitivo para personas con dificultades de aprendizaje o discapacidades (Dalton, Morocco, Tiznan, & Mead, 1997), a la resolución de dificultades en relaciones (Jacobson, 1997), a la aceptación de la infertilidad (Scharf & Weinshel, 2000), la ejaculación precoz (Maurer, Solamos, & Troxtel, 1998), el coaching de carrera (Scandura, 1992), el coaching para ayudar a individuos con desventajas a obtener y mantener el empleo (Davis, Bates, & Cuvo, 1983), para mejorar el desempeño en entrevistas (Maurer et al., 1998), el coaching ejecutivo (Tobias, 1996) y para mejorar el desempeño en ventas (Rich, 1998).
Excluyendo las palabras clave "deportes", "deporte" "atleta" y "atletas" de la búsqueda se redujo el número de citas a 1.039. De éstas, 108 estaban relacionadas con el coaching en las áreas de ampliación del desempeño en el trabajo o la vida personal con poblaciones normales.
Porque este paper también incluye el coaching personal o de vida, se realizó una búsqueda separada en la base de datos PsychInfo utilizando las palabras clave "coach de vida" y "coaching personal". Esto produjo tan sólo dos citas relevantes (Risley, 1996; Wilkins, 2000). También se realizó una búsqueda usando las palabras clave "coach de vida" y "habilidades de vida", y excluyendo a pacientes psiquiátricos, adolescentes, niños y jóvenes. Se encontró un total de 230 citas. Combinando "habilidades de vida" con "coach" se encontró sólo una cita (Ponzo, 1977). Las 230 citas fueron examinadas individualmente para ver si tenían relevancia dentro de una revisión de la literatura de coaching.
La vasta mayoría de estas citas estaban relacionadas con poblaciones psiquiátricas o con desventajas (Hobbs et al., 2000), rehabilitación de adicciones a la droga (Morgan, 1994), minorías étnicas (Howe, 1999), o niños y estudiantes (Meyer, 1999). Excluyendo estas categorías, se obtuvieron 19 citas de interés. Combinando todos los resultados de las búsquedas y excluyendo las citas duplicadas, se obtuvieron 126 citas. Un examen más detallado redujo estas citas a sólo 93 donde se hacía referencia al coaching en poblaciones normales para la ampliación del desempeño. De estas 93, 25 eran disertaciones para Doctorados o Masters.
El segundo caso de estudio reportado por Glaser (1958) está relacionado con un psicólogo que originalmente fue llamado para evaluar al director de entrenamiento de los vendedores de una empresa. Siguiendo las sugerencias del psicólogo, el trabajo se extendió para establecer una cultura más igualitaria en el trabajo donde el personal de venta recibía permanente apoyo y coaching entre pares y sesiones planificadas de construcción de equipos. Este programa cumplió sus objetivos de reducir la rotación de personal, aumentar las ventas y la motivación de los equipos.
No se pudieron encontrar más casos de estudio de coaching dentro de esta categoría de papers entre los años 1958 y 1994.
Strayer y Rossett (1994) reportaron a cerca del diseño, implementación y evaluación de un programa de coaching interno para el personal de ventas de la corredora de propiedades Siglo 21. Preocupados por el bajo desempeño de las ventas y la alta tasa de deserción del personal de ventas, la gerencia de Siglo 21 decidió expandir su programa de entrenamiento existente. Sin embargo, un análisis de las necesidades de los vendedores indicó la necesidad de mantener un programa de coaching en vez de seguir con más entrenamiento solamente. El análisis de las necesidades encontró una diferencia considerable entre los empleados establecidos y los nuevos respecto de su percepción a cerca del entrenamiento de apoyo tras la inducción inicial. Los vendedores establecidos veían el sistema post-entrenamiento como de mucho apoyo mientras que el personal nuevo experimentaba una aguda falta de apoyo y se sentían desanimados e incapaces de hacerse cargo del rechazo de los clientes.
Explícitamente partiendo de la teoría cognitiva, el programa de coaching se propuso estimular el desarrollo de habilidades metacognitivas en los coachees con el objetivo de asegurar que las habilidades transmitidas en el entrenamiento y en el ambiente de coaching fueran transferidas a la situación real de ventas. El programa apuntó tanto a las habilidades conductuales (habilidades básicas de venta y comunicaciones) como cognitivas (hacerse cargo de los miedos, rechazo, desarrollar una actitud positiva). El coach trabajó con el coachee por un total de 20 sesiones de coaching de una hora, terminando cada sesión con tareas para desarrollar entre sesiones. Los coaches fueron cuidadosamente seleccionados y entrenados y fueron monetariamente recompensados por su tiempo ya sea a través de una tarifa plana o de acuerdo a un porcentaje del las ventas iniciales del coachee.
Una evaluación del programa encontró considerables beneficios en términos de un aumento en las listas de propiedades, ventas y satisfacción del personal. El tiempo para que un nuevo empleado de ventas adquiriera su primera lista de propiedades bajó a un promedio de 3.53 semanas, menos que la mitad del promedio de la industria, 10 semanas. Esto se tradujo en una comisión bruta en el primer mes de US$2,430, comparado con un promedio de US$871 de aquellos que no recibieron el programa de coaching.
Tobias (1996) describió un caso de estudio sobre un gerente de 44 años altamente eficiente y muy competente técnicamente cuyas fortalezas son atención a los detalles, entrega de proyectos de acuerdo al tiempo y al presupuesto acordado. Sin embargo, este gerente era percibido como sobre controlador, con falta de empatía y autoconciencia y poco aprecio por la creatividad. El proceso de coaching se enfocó en ampliar las habilidades inter e intra-personales del coachee a través de una asesoría y retroalimentación psicológica. Las estrategias específicas de coaching incluyeron ensayo de habilidades conductuales (habilidades básicas de comunicación como hacer preguntas abiertas), habilidades personales y de liderazgo como mayor participación en las decisiones del equipo, ser más abierto y expresivo y comunicar claramente al personal sobre el compromiso de cambio del coachee.
En relación a los resultados, sólo se presentó información cualitativa: Después de un año de coaching el coachee fue percibido por otros en el trabajo como una persona que había realizado mejoras sustanciales en términos de su estilo de gerenciamiento. Esto se evidenció por un aumento del desempeño del equipo y una reducción de los conflictos interpersonales.
A pesar de la descripción detallada del proceso y el contenido, el caso de estudio de Peterson (1996) en el que se presenta a una ejecutiva que recibe coaching de un consultor psicólogo para ampliar sus habilidades de liderazgo también sólo muestra datos cualitativos. En este caso, luego de una evaluación de 360 grados el proceso de coaching se enfocó en el desarrollo de los valores, la visión y las habilidades cognitivas de la ejecutiva, adicionalmente a los ensayos conductuales diseñados para aumentar las competencias en situaciones específicas como reuniones e interacciones con el personal. Siguiendo cuatro medios días de sesiones de coaching (aproximadamente 16 horas de coaching), una revisión formal luego de seis meses encontró muy poco cambio visible en el desempeño del coachee. El coaching fue entonces reformulado con el objetivo de hacer un cambio conductual más explícito. Siguiendo esta reformulación, en la evaluación anual de desempeño el coachee fue calificado muy satisfactoriamente respecto de su estilo gerencial, niveles de proactividad y desarrollo de nuevos negocios. El coachee reportó como beneficios el aumento de confianza, ser más estratégico y proactivo y reaccionar más confortablemente con el conflicto.
Diedrich (1996) presenta un caso de estudio de un técnicamente destacado gerente en sus 40s quien poseía pobres habilidades interpersonales y de trabajo en equipo. El coachee era percibido como alguien inflexible, altamente perfeccionista y demasiado enfocado en las tareas. Comenzando con una evaluación de 360 grados, el coaching de orientación conductista se centró en la ampliación de ocho competencias: sensibilidad interpersonal, preocupación por el impacto personal, construcción de relaciones, uso de estrategias de influencia, dirección versus desarrollo de los demás, gerenciamiento de grupos y auto-control. En una evaluación cualitativa, Diedrich (1996) reporta que en ocho meses de trabajo de coaching el coachee había demostrado ser menos controlador, más orientado a recompensar y a desarrollar a otros en vez de sólo dirigirlos y, aunque todavía muy competitivo, era ahora capaz de controlar sus reacciones mostrando menos agresión y hostilidad.
Basados en una perspectiva sistémica, Kiel, Rimmer, Williams y Doyle (1996) reportan el caso de un destacado hombre de 40 años quien era descrito como alguien intimidante, innecesariamente competitivo y con "tremendos problemas interpersonales" (p. 73). El caso de estudio de Kiel et al. (1996) se distingue de los estudios anteriores en que los autores detallan tanto los aspectos relacionados con el trabajo y la familia de origen y cómo esta amplia perspectiva de evaluación forma la base de su intervención.
Los dos años de largo proceso de coaching comenzaron con una presentación de dos días en la que se presentó al coachee los resultados de una exhaustiva evaluación basada en entrevistas con colegas, familia y amigos. La información fue entregada textualmente aunque anónimamente al coachee. Aunque no se relata explícitamente en el estudio, el coachee claramente encontró esta experiencia confrontacional. Kiel et al. (1996) reporta que esta forma de coaching facilita un cambio rápido en al auto-percepción del coachee lo que permite que se establezca rápidamente una sólida relación de coaching. El proceso de coaching se enfocó en ayudar al coachee a desarrollar una clara visión y objetivos de desarrollo que luego trabajó con el apoyo de sus colegas de trabajo y su familia. Las estrategias de coaching fueron predominantemente cognitivo-conductuales e incluyeron la mantención de un diario, auto-observación, auto-evaluación y re-encuadre. Una evaluación cualitativa indicó que los colegas del coachee notaron cambios sustanciales en un corto tiempo. El coachee reportó un aumento considerable de introspección y auto-conciencia adicionalmente a cambios conductuales.
Desde una perspectiva psicodinámica, Kilburg (1996) presenta un caso de estudio de "varios meses de duración" (p. 282) con una programadora de computadores que poseía altas habilidades técnicas pero muy pobres habilidades intra e interpersonales. Este coachee tenía una historia de conflicto con sus colegas, subordinados y clientes. Kilburg (1996) describe un proceso de coaching de orientación psicodinámica donde el coach estimula al coachee a explorar influencias inconscientes y patrones de conducta. Por ejemplo, una sesión de coaching se dedicó a explorar el significado de un error tipográfico en un correo electrónico enviado por el coachee a su jefe. El error fue haber escrito la palabra "moral" en vez de "morale". El coach interpretó este error como una manifestación de una creencia del coachee que su jefe se estaba comportando de manera inmoral en relación al destino de recursos - una fuente importante de conflicto. A pesar de la implantación de algunos cambios conductuales y mejoras en las relaciones interpersonales, el coachee fue despedido del trabajo. Sin embargo, a pesar de haber perdido su trabajo, el coachee reportó sentirse optimista y con intenciones de continuar el trabajo mejorando sus habilidades inter e intra personales.
Adaptando la terapia multimodal (Lazarus, 1976) para su uso en el contexto del coaching, Richard (1999) presenta un caso de estudio relacionado con una alta ejecutiva. El consultor, psicólogo-coach, trabajó con el coachee evaluando problemas y presentando soluciones conductuales y cognitivas en las seis modalidades de conducta: afecto, sensación, imaginería, cogniciones, dominio biológico e interpersonal. Luego de 10 meses de trabajo, el coachee reportó una mayor productividad, un aumento en su habilidad para manejar el estrés y el conflicto en el trabajo y una mayor satisfacción en áreas de la vida personal.
Foster y Lendl (1996) reportaron cuatro casos de estudio usando [eye movement desensitisation and reprocessing (EMDR)] (Shapiro, 1989). Original y principalmente usado para tratar desórdenes de estrés post-traumático y otras psicopatologías, el EMDR es un nuevo y, de alguna forma, controversial procedimiento psicológico (Lipke, 1997; Rosen, 1997; Welch, 1996). Descrito como probablemente eficaz (Spector & REad, 1999) el EMDR integra procedimientos de reestructuración cognitiva establecidos con la inducción de ciertos movimientos oculares. Se plantea la hipótesis que los movimientos oculares de lado a lado facilitan el procesamiento de información y esto redundaría en un rápido cambio cognitivo y afectivo.
El proceso descrito por Foster y Lendl (1996) incorpora esencialmente cuatro pasos: la expresión inicial de cogniciones, afectos e imágenes negativas existentes; la elección de nuevas y positivas condiciones, sentimientos e imágenes; la inducción de movimientos oculares laterales; y finalmente, el ensayo mental del cambio deseado.
Los cuatro estudios presentados fueron casos relacionados con bajo desempeño debido a ansiedad, estrés o depresión. El primero fue el caso de un gerente general que sufrió depresión luego de perder su trabajo cuatro años antes del coaching. El estaba preocupado por pensamientos intrusivos, dudas a cerca de sí mismo y pesadillas. El segundo caso fue el de una profesora universitaria con ansiedad aguda que deseaba trabajar fuera del ámbito académico. Su ansiedad al hablar en una entrevista prevenía que ella postulara a ofertas de trabajo. El tercer caso se refería a un piloto de línea aérea que experimentaba ansiedad aguda durante sus pruebas de destreza obligatorias en un simulador de vuelo. La ansiedad se debió, en parte, a dos años de dificultades personales que incluyeron la separación de su esposa y uno de sus hijos que regularmente consumía drogas. El cuarto caso se trataba de una gerente que quedó traumatizada por un accidente del trabajo que la dejó con dolor físico, ansiedad y con una severa reducción de la confianza.
Foster y Lendl (1996) reportan exitosos resultados y mejoramientos en el desempeño para los cuatro casos. Sin embargo, no está suficientemente claro que estos casos puedan ser catalogados como "coaching" ya que los casos estaban todos a un nivel clínico en cuanto a ansiedad, depresión o dificultades interpersonales y la mejora en el desempeño tuvo que ver más con un retorno a los niveles previos de desempeño.
Bridgman, Spaethe, Dirscoll, y Fanning (1958) reportaron el desarrollo de un programa de coaching para vendedores. Utilizando una sólida base teórica (Glaser & Strauss, 1967) Bridgman et al. (1958) reclutó a 46 gerentes de ventas para coleccionar información cualitativa acerca de interacciones de venta con clientes. Las 500 respuestas fueron ordenadas por categorías. De esta información, escenarios genéricos mostrando ejemplos de conductas de ventas deseables (p.e. como prepararse para una llamada de ventas) fueron utilizados como modelos para el coaching. No se presentó información objetiva de los resultados, aunque un análisis informal indicó que el programa fue exitoso en cuando a la mejora en los entrenamientos y el desempeño de las ventas.
Comparando el coaching verbal con la auto-observación vía grabaciones de video, Haines y Eachus (1965) examinaron a consejeros de guerra norteamericanos que estaban aprendiendo habilidades interculturales. Ellos encontraron que el coaching verbal mejoraba el desempeño, pero no era tan efectivo como la auto-observación directa. Dado que la auto-observación es una forma más directa de retroalimentación que aquella derivada del coaching verbal, este hallazgo puede ser entendido como apoyando la hipótesis que la mejora en el desempeño está relacionada con la claridad y precisión de la retroalimentación (Hillman et al., 1990; Locke, 1996). Desafortunadamente, este estudio no examinó los efectos tanto del coaching verbal como de la auto-observación en forma combinada, una condición que uno hubiese predicho como de mayor impacto que cada una de las condiciones previas aplicadas aisladamente.
El siguiente estudio experimental basado en grupos reportado en la literatura académica fue presentado por Graham, Wedman, y Garvin-Kester (1993). No está claro el porqué de esta falta de interés en la publicación de investigaciones en coaching entre 1965 y 1993. Graham et al. (1993) reportó una evaluación de un programa de habilidades de coaching para 13 gerentes de ventas y un total de 87 ejecutivos de cuentas. El objetivo del programa era ampliar las habilidades de coaching de los gerentes de ventas. El programa consistía en un entrenamiento de 5 días en habilidades de coaching descritas por Schelling (1991) más un entrenamiento en cómo implementar un programa de coaching en ventas. A los gerentes de ventas se les entregaron checklists conductuales para guiarlos en su coaching de ventas.
Significativos aumentos se encontraron en 5 habilidades de coaching claves; fijación de expectativas de desempeño; entrega de retroalimentación; entrega de información relevante; observación del desempeño del coachee con clientes; y la premiación por desempeño. Setenta por ciento de los coachees reportaron haber visto cambios positivos en sus gerentes. Gerentes con ocho o menos ejecutivos de cuentas fueron los que más se beneficiaron del programa. Graham (1993) sugirió que este hallazgo indicaba que el coaching era una interacción compleja entre las conductas de gerenciamiento, tiempo disponible y las relaciones gerente/empleado. No se reportaron medidas objetivas de desempeño de ventas.
Graham, Wedman, y Garvin-Kester (1994) reanalizaron la información presentada por Graham et al. (1993), haciendo la pregunta "¿Qué es lo que hace bueno a un coach?" Graham et al. (1994) concluyó que entre más introspectiva, genuina y específica era la retroalimentación dada por los gerentes, más efectivos eran como coaches. Buenos coaches eran aquellos que eran buenos comunicadores, fijaban objetivos claros, eran capaces de ver en grande, entregaban consejos útiles y con buenas habilidades para trabajar con personas. Graham et al. (1994) destacaron un punto importantísimo notando que aunque el coaching puede mejorar el desempeño, comúnmente los gerentes tienen muy poca idea de qué constituye buen coaching, y aún con un claro entendimiento de las habilidades clave en el coaching, el buen coaching es difícil de desempeñar.
Investigando el impacto de un programa que buscaba entrenar consejeros escolares como coaches, Veeman, de Jonghe, y van Wezel (1996) no encontraron diferencias significativas en las evaluaciones que los coachees hicieron de sus coaches respecto de sus habilidades de coaching antes y después del programa. El programa de coaching estaba orientado a entregar a los coachees, quienes eran profesores, retroalimentación a cerca de su propio funcionamiento y, haciendo aquello, estimular la auto-reflexión y el auto-análisis con el objeto de mejorar la efectividad pedagógica de los coachees.
El ciclo auto-regulatorio asociado con una mejora en el desempeño requiere que el individuo monitoree, evalúe y ajuste su desempeño con el objeto de alcanzar mejor sus metas (Carver & Séller, 1998). Como no todos los individuos poseen la habilidad de auto-generar estrategias de aumento del desempeño (Latham & Locke, 1991; VandeWalle, Brown, Cron, & Slocum, 1999) la falla de este programa de entrenamiento puede estar perfectamente relacionada con el hecho que los coaches no entregaron instrucciones explícitas para mejorar el desempeño. Efectivamente, este programa se encuentra en contraste con el presentado por Graham et al. (1993) que enfatizaba un estilo de coaching más proactivo en cuanto a la retroalimentación y la consejería.
Investigando el efecto de un coaching uno-a-uno post-entrenamiento respecto a la transferencia del entrenamiento, Olivero et al. (1997) encontró que el coaching ejecutivo mejoraba el desempeño en un 88% comparado con entrenamiento que reportaba un aumento de sólo un 22,4%. En este estudio, 31 gerentes de una agencia de salud pública participaron en un curso de entrenamiento de 3 días diseñado para enseñar habilidades gerenciales clave. Ocho de estos gerentes fueron seleccionados para ser entrenados como coaches ejecutivos y estos ocho entregaron coaching ejecutivo uno-a-uno a los restantes 23 participantes sobre un periodo de ocho semanas. Las sesiones de coaching eran de una hora semanal y el programa de coaching contemplaba una presentación pública. La productividad fue medida objetivamente y estuvo basada en tareas de trabajo completamente terminadas y a tiempo. Olivero et al. (1997) argumenta que el programa de coaching facilitó la transferencia de los contenidos del entrenamiento a situaciones reales del lugar de trabajo y sugiere que la fijación de objetivos y la presentación pública fueron factores críticos en el éxito del programa. De acuerdo al conocimiento de este autor, este es el primer estudio en investigar los efectos diferenciales entre entrenamiento y coaching. Debido a la recurrentemente citada falta de transferencia de los contenidos del entrenamiento al lugar de trabajo (Hesketh, 1997) investigaciones futuras harían bien en dilucidar los factores cognitivos y conductuales relevantes asociados con la mejora en el desempeño luego del coaching.
Destacando las limitaciones del coaching en un estudio que incorporó las experiencias de 43 líderes de equipo, Wageman (1997) encontró que el diseño de un equipo auto-gerenciado, en términos de una clara dirección; interdependencia de tareas; autoridad para dirigir el propio trabajo; objetivos; habilidades y diversidad demográfica de los miembros del equipo; tamaño del equipo, estabilidad en el tiempo de la pertenencia al equipo; entrenamiento y recursos básicos, fueron más importantes que el coaching gerencial. Sin embargo, el buen coaching significó un efecto mucho más poderoso en equipos bien diseñados que en equipos mal diseñados. De la misma manera, un coaching pobre posee un mayor efecto negativo en equipos mal diseñados, pero muy poco impacto en equipos bien diseñados. El estudio de Wageman (1997) destaca efectivamente que el coaching no es ninguna panacea y que un buen coaching funciona más efectivamente cuando es parte de una más amplia estrategia o iniciativa cultural.
En general, la literatura indica que existe algún grado de apoyo empírico a cerca de la eficacia del coaching para ampliar el desempeño, pero es claro que, de acuerdo a la revisión de la literatura académica, la investigación sobre la eficacia del coaching está en una etapa formativa.
El modelo de Agars y Berkowtiz (1980) sobre el desarrollo de una investigación y una práctica clínica delinea una serie de etapas en el desarrollo de procedimientos y modelos psicológicos. La primera etapa tiene que ver con la evaluación del estado actual de las intervenciones dentro de una población específica y el desarrollo de nuevos enfoques por parte de practicantes creativos. Una vez que el enfoque aparece teniendo algún grado de eficacia, la siguiente etapa normalmente incluye casos de estudio seguidos de estudios grupales de corto plazo y, eventualmente, la selección aleatoria de comparación controlada de grupos en forma clínica.
Dada la revisión anterior, donde la mayoría de la investigación empírica es del tipo estudio de casos, aparecería que la psicología del coaching está aún en su etapa de infancia, y tiene aún que progresar hacia etapas posteriores de evaluación empírica. La investigación futura hará bien en enfocarse en la evaluación del coaching siguiendo los métodos establecidos de la investigación clínica, incluyendo investigaciones con grupos de control como opuestas al estudio de casos individuales.
Muchos de los estudios revisados emplearon predominantemente evaluaciones cualitativas. Las evaluaciones cualitativas son útiles en cuanto ellas pueden entregar una visión amplia y profunda. Sin embargo, las evaluaciones cuantitativas pueden entregar una evaluación más objetiva en términos del impacto del coaching. Tales mediciones podrían incluir aumentos en las ganancias y en el desempeño, y reducción en la rotación de trabajadores. La investigación futura podría considerar un mayor énfasis en la evaluación cuantitativa y una evaluación objetiva de los resultados así como seguir investigando la eficacia relativa de diferentes enfoques de coaching.
Ha habido algunos intentos para detallar un marco teórico para una psicología del coaching. Muchas de las publicaciones que apoyan los modelos teóricos actuales son predominantemente enfocados hacia la descripción de estrategias y técnicas más que a la descripción detallada de modelos conceptuales desde donde se puedan derivar las técnicas (p.e., Evered & Selman, 1989; Kondrasuk, 1974). El asunto aquí es que detallar solamente una técnica es inadecuado en términos de avance hacia una ciencia de la psicología; el avance requiere de una delineación explícita y una teoría de prueba (Chalmers, 1976).
Examinando la literatura académica sobre coaching desde 1937 encontramos que existen 18 citas donde se presentan o discuten modelos, metodologías o procedimientos a cerca del coaching. Kindrasuk (1974) detalla un procedimiento de coaching paso a paso diseñado para el enriquecimiento del trabajo, pero no discute los principios psicológicos que lo sustentan. Evered y Selman (1989) contrastaron el coaching con el enfoque tradicional de administración-por-control, pero nuevamente fallan al no detallar los principios psicológicos involucrados. Sperry (1993) y Witherspoon y White (1996) describieron los diferentes roles jugados por los coaches ejecutivos. Peterson (1996) y Saporito (1996) presentaron artículos detallando estrategias y procesos de coaching, y las estructuras de carácter de los ejecutivos fueron el foco de Sperry (1997). La disertación doctoral de MacMillan (1999) y Brotman et al. (1998) exploraron asuntos relacionados con psicólogos clínicos trabajando en ambientes organizacionales.
Diez artículos han explícitamente discutido los sustentos teóricos de un modelo de coaching más que simplemente detallar metodologías o procedimientos. Un modelo post-modernista de coaching ontológico presentado en una disertación doctoral por Delgado (1999) describe cómo los coachees pueden aprender a trascender los efectos inhibitorios de sus historias mediante la hermenéutica de narrativas estigmatizadas. Krausz (1986) describió el proceso de coaching en referencia a la perspectiva del Análisis Transaccional, pero no detalló de qué manera este enfoque podría usarse en la práctica del coaching. Hillman et al. (1990) se centró en los aspectos de retroalimentación y evaluación de desempeño relacionados con el coaching.
Reconociendo que la mayoría de los gerentes que hacen coaching poseen una escasa educación en psicología o aprendizaje adulto, Kopf y Kreuze (1991) propusieron un Modelo de Aprendizaje Experiencial como una base para la práctica del coaching, y Popper y Lipshitz (1992) se enfocaron en la ampliación de la auto-eficacia y en el proceso de dar retroalimentación constructiva.
Laske (1999) presenta un modelo integral del coaching ejecutivo que describe un enfoque derivado de la developmental-constructive psychology, la terapia familiar y las teorías de la cognición organizacional. El modelo de Kiel et al. (1996) está basado en la teoría de sistemas, enfatizando que la efectividad del liderazgo está fuertemente influenciada por el pasado del individuo, su vida personal y el ambiente de trabajo. Aunque los enfoques de Kiel et al. (1996) y Laske (1999) son más exhaustivos que algunos de los trabajos anteriores, sus modelos están explícitamente y exclusivamente dirigidos a la alta gerencia, limitando su uso en los ámbitos del coaching personal.
Uno de los trabajos teóricos más detallados a la fecha ha sido el modelo psicodinámico presentado por Kilburg (1996, 1997). Aunque ambos trabajos presentan un exhaustivo modelo teórico en el que se detallan los objetivos y las estrategias conductuales, el enfoque de Kilburg (1996, 1997) posee dos limitaciones que impiden su adopción como un modelo general o como una base para una psicología del coaching: su base en la psicodinámica es una barrera para psicólogos que trabajan desde otras perspectivas teóricas (p.e. cognitiva y conductual), y su foco exclusivo en el coaching ejecutivo, que pudiese limitar su uso en el coaching personal.
Richard (1999) es uno de los pocos artículos que explícitamente detalla un marco cognitivo y conductual para el coaching ejecutivo. Richard (1999) presenta una adaptación de la terapia multimodal (Lazarus, 1976, 1997). Un enfoque multimodal delimita siete dimensiones que debiesen ser evaluadas y, si es necesario, modificadas. Estas son conducta: afecto, sensación (p.e. molestias físicas), imaginería, cogniciones, interpersonal y ámbito biológico (p.e. uso de alcohol o drogas). Aunque presenta un modelo útil para el coaching, Richard (1999) no explicita los mecanismos cognitivos y conductuales a través de los cuales los individuos pueden aumentar sus habilidades auto-regulatorias y definir y lograr mejor sus objetivos. Tampoco Richard (1999) discute el proceso de cambio o presenta un modelo del cambio que pueda servir de base o informar la práctica del coaching.
De esta forma, aunque todos estos trabajos constituyen una valiosa contribución a la literatura teórica, aún se requiere más trabajo para desarrollar un modelo cognitivo-conductual del coaching.
¿Cuáles son los criterios escenciales para un marco de referencia para el coaching? Tales criterios debieran incluir una definición explícita de:
El proceso del coaching consiste esencialmente en ayudar a los individuos a regular y dirigir sus recursos intra e interpersonales de manera que puedan lograr mejor sus objetivos. Tal auto-regulación tiene una larga y muy bien investigada historia en psicología (Bandura, 1982; Collier, 1957; Fox & Spector, 2000; Rosenbaum, 1990; Thorne, 1946; VandeWalle et al. 1999) pero a la fecha han existido muy pocas referencias explícitas a modelos de auto-regulación en la literatura del coaching.
Carver y Scheier (1998) argumentan que la conducta humana (aquí la conducta es ampliamente definida de manera que incluye las cogniciones, las emociones y las acciones) es un proceso continuo moviéndose hacia o desde representaciones mentales de objetivos, y que este movimiento ocurre por un proceso de control por retroalimentación.
Los enfoques teóricos de la auto-regulación conductual a través de retroalimentación datan de una fecha al menos tan atrás como Miller, Galanter y Pribram (1960), y se han vuelto crecientemente sofisticados (cf. Brown, 1995). Los constructos centrales de la auto-regulación orientada hacia objetivos son una serie de procesos en los que el individuo fija un objetivo, desarrolla un plan de acción, comienza la acción, monitorea su desempeño, evalúa su desempeño en comparación con el estándar y basado en esta evaluación cambia sus acciones o aumenta su desempeño para alcanzar mejor sus objetivos. En relación al coaching, el rol del coach es facilitar el movimiento del coachee dentro de este ciclo auto-regulatorio. La siguiente figura describe un modelo genérico de auto-regulación.(Ver imagen en el original dirección URL al pie de página)
En la práctica, las etapas en el ciclo auto-regulatorio no son discretas o separadas, sino que existe un traslape entre ellas. De esta forma, en cada etapa el coaching debiera enfocarse a facilitar el proceso de la etapa siguiente. Por ejemplo, la fijación de objetivos debiese hacerse de tal manera que facilite una implementación de un plan de acción; el plan de acción debe ser diseñado de tal manera que motive al individuo a la acción y debiese también incorporar formas de monitoreo y evaluación del desempeño adicionalmente a la incorporación de sesiones de coaching regulares para el seguimiento.
La experiencia humana se desenvuelve en cuatro dimensiones - pensamientos, sentimientos, conducta y la situación o el ambiente. Existe una reciprocidad entre estas cuatro dimensiones (Bandura, 1997b). Por ejemplo, cómo pensamos impacta en cómo nos sentimos, cómo nos sentimos afecta la manera en que nos comportamos (Beck, Rush, Shaw, & Emery, 1979; Ellis & Harper, 1961) y las situaciones o el ambiente pueden suscitar conductas específicas (Skinner, 1963, 1975).
De esta forma, desarrollar un enfoque cognitivo-conductual para el coaching significa reconocer que el logro de objetivos se logra mejor regulando todas las cuatro dimensiones. La siguiente figura ilustra la reciprocidad entre las cuatro dimensiones y su relación con el logro de objetivos. Basados en esta fundamentación conceptual, los psicólogos clínicos y de consejería cognitivo-conductuales han desarrollado un extenso repertorio de técnicas diseñadas a aumentar la auto-regulación en cada uno de estos dominios.(Ver imagen en el original dirección URL al pie de página)
Burns (1989) detalla alrededor de 50 técnicas usadas en la CBT para ampliar la auto-regulación de pensamientos, sentimientos y conducta. Estas incluyen auto-monitoreo (donde las conductas, los pensamientos o los sentimientos son observados y registrados), re-estructuración cognitiva (la alteración de pensamientos negativos), y protocolos de entrenamiento de conductas.
El auto-monitoreo por sí solo, es decir, en ausencia de otras técnicas de auto-regulación, ha demostrado ser una herramienta efectiva para el cambio conductual para una amplia gama de problemas de conducta incluyendo conductas sociales inapropiadas (Pope & Jones, 1996), para el aprendizaje de estudiantes jóvenes discapacitados (Lalli & Shapiro, 1990), y para corregir una deficiente administración del tiempo en propietarios de pequeños negocios (Gaetani, Johnson & Austin, 1983). Sin embargo, el auto-monitoreo es generalmente más efectivo cuando se combina con otras estrategias cognitivo-conductuales (Febbraro & Clum, 1998; Green, 1982) como el entrenamiento en habilidades conductuales (Bhandari & Agarwala, 1996) y la re-estructuración cognitiva (Pecsok & Fremouw, 1988).
Existe un amplio rango de técnicas específicas que están dirigidas a facilitar la re-estructuración cognitiva y, por lo tanto, ampliar la auto-regulación emocional. Estas incluyen la identificación de distorsiones cognitivas disfuncionales, la conducción de análisis costo-beneficio, y la identificación de supuestos y creencias erróneas o dañinas usando la técnica de Downward Arrow (véase Burns, 1989 para más detalles). A pesar de la naturaleza específica de cada técnica, lo que es central a toda re-estructuración cognitiva es un proceso en el que los pensamientos negativos o dañinos son sistemáticamente examinados, desafiados y reemplazados por pensamientos más positivos y realistas. Tales técnicas han demostrado ser efectivas aliviando una gama amplia de desórdenes psicológicos (Barlow, 1993).
Toda la experiencia humana es contextual y surge en un ambiente específico. La situación o el ambiente pueden tener una influencia poderosa sobre la conducta (Bargh & Gollwitzer, 1994). Por ejemplo, ex-adictos son más propensos a recaer si son prematuramente expuestos al ambiente donde ellos desarrollaron su adicción (Klingemann, 1994; Schindler, Katz & Goldberg, 1988). Sin embargo, los ambientes pueden ser regulados y estructurados para facilitar la adopción de conductas específicas (Chesney, Thurston & Thomas, 2001), y los individuos pueden ser enseñados en cómo superponerse a las influencias de ambientes específicos (Berry, Demgen, Hardy & Wicklund, 1982). La estructuración ambiental es efectiva cuando se combina con entrenamiento en auto-monitoreo y habilidades conductuales (Dean, Marlott & Fulton, 1983).
Claramente, la adecuada auto-regulación conductual es un factor importante en el logro de metas. Así como la naturaleza exacta de las conductas orientadas a metas varía de acuerdo a las metas específicas de cada individuo, lo que constituye la auto-regulación conductual es diferente en cada caso. Por ejemplo, cuando se está haciendo coaching a un ejecutivo para ampliar su liderazgo puede ser importante para el coachee practicar conductas interpersonales, tales como el uso de preguntas abiertas, escucha activa y lenguaje corporal adecuado (Zeus & Skiffington, 2000). Por otra parte, las habilidades conductuales para un estudiante que desea mejorar su desempeño académico pueden no ser conductas interpersonales sino que estrategias de aprendizaje profundo (Biggs & Rihn, 1984) y administración efectiva del tiempo (Zimmerman, Grenberg & Weinstein, 1994).
El entrenamiento en habilidades conductuales es una forma efectiva de inducir el cambio en un amplio espectro de poblaciones clínicas y disfuncionales (Kalichman, Sikkema, Kelly & Bulto, 1995; Murphy, 1984; Nichols et al., 2000; Stevens et al., 1998). Sin embargo, el impacto del entrenamiento en auto-regulación conductual es generalmente mediado por el nivel de habilidades base; un individuo con una base alta de habilidades conductuales es esperable que se beneficiará menos de un entrenamiento en habilidades conductuales que un individuo que posee una base más pobre de habilidades (Sloan & Mizes, 1999).
Las técnicas cognitivo-conductuales mencionadas anteriormente han sido desarrolladas y validadas principalmente en relación a poblaciones clínicas o disfuncionales con el objetivo de eliminar la psicopatología (Febbraro & Clum, 1998), más que con individuos que buscan mejorar su desempeño y el logro de objetivos. Sin embargo, las técnicas originalmente desarrolladas para tratar problemas clínicos significativos pueden no necesariamente conducir a una mejora en el desempeño; la mejora en el desempeño y la disminución de estados afectivos negativos son lógicamente independientes (pero véase Whelan, Mahoney & Meyers, 1991 para una mirada alternativa). Efectivamente, la literatura que apoya la utilización de técnicas cognitivo-conductuales, o cualquier enfoque en el área del aumento del desempeño per se es, en general, menos impresionante en calidad y cantidad que en la literatura relacionada con la práctica clínica. Sin embargo, dos áreas en las que existe evidencia sustancial respecto a que el uso de técnicas psicológicas pueden estimular el cambio y aumentar el desempeño son el deporte y el desempeño académico (véase Duckman & Bjork, 1991).
Las estrategias para aumentar el rendimiento deportivo que poseen apoyo empírico incluyen la re-estructuración cognitiva (Davis, 1991; Silva, 1982), la relajación (De Francesco & Burke, 1997), el entrenamiento en el manejo de la ansiedad (Suinn, 1990), la fijación de metas (Burton, Weinberg, Yukelson & Weigand, 1998), el entrenamiento metacognitivo (Strean, Senecal, Howlett & Burgess, 1997) y el ensayo mental o la imaginería (Jones & Stuth, 1997). De manera similar, en el campo educacional, fijación de metas (Wolters, Yu & Pintrich, 1996), el auto-monitoreo (Lan, Bradley & Parr, Zimmerman & Paulsen, 1995), el entrenamiento metacognitivo (McCombs, 1998), la terapia de relajación cognitiva-conductual (Dendato & Diener, 1986), la re-estructuración cognitiva (Nam Sung, 1980) y el re-entrenamiento atribucional (Perry, Hechter, Menec & Weinberg, 1993) son algunas de las técnicas derivadas de la psicología clínica y que han demostrado ser efectivas en lograr un aumento en el desempeño académico.
Aunque la aplicación de técnicas clínicas en la práctica del coaching sea justificada, y existe algún apoyo empírico para su uso en algunas áreas, aún no se ha establecido empíricamente que las técnicas clínicas pudiesen ser aplicables en una psicología del coaching. El establecer si las técnicas clínicas son verdaderamente aplicables a la psicología del coaching debiera ser uno de los objetivos de la investigación futura. Por ejemplo, la investigación futura sobre coaching podría examinar la eficacia relativa de las intervenciones de coaching cognitivas comparadas con las intervenciones de coaching conductuales.
Esto es de interés para la práctica del coaching por tres razones: Primeramente, esto sería el comienzo de un proceso de validación y establecimiento de un marco cognitivo-conductual para una psicología del coaching. Segundo, tales investigaciones apoyarán el diseño de programas de coaching efectivos. Dado que individuos con una alta base de habilidades conductuales tenderían a beneficiarse menos de un coaching en habilidades conductuales que aquellos con una base más pobre (Sloan & Mizes, 1999), y que las poblaciones normales no tienden a mostrar los déficits conductuales observados en poblaciones clínicas, pudiese significar que un énfasis cognitivo en el coaching sería más apropiado para mejorar los resultados de poblaciones no clínicas. Tercero, existe un gran número de publicaciones de desarrollo personal que promueven solamente un enfoque cognitivo para el auto-desarrollo y el auto-coaching (p.e. Dyer, 1989; Hill & Stone, 1960). A pesar del hecho que existe muy poca o ninguna investigación respecto de su efectividad (Rosen, 1993), muchos psicólogos recomiendan tales libros a sus clientes (Starker, 1990). La investigación empírica de la efectividad relativa de los enfoques cognitivos y conductuales entregarían una valiosa guía tanto para los facultativos como para el público.
Un asunto importante a tener en cuenta y que se deriva del uso de técnicas derivadas de la clínica es que tales técnicas tienen una orientación patológica - ellas tienden a ocuparse de la diagnosis, la identificación y el alivio de problemas disfuncionales, un enfoque orientado a la solución. Sin embargo, los clientes de coaching no pertenecen a las poblaciones con problemas clínicos. Para clientes de coaching el uso de una terminología patológica y un enfoque clínico puede ser alienante (de Shazer & Lipchik, 1984; Drewery & Winslade, 1997), y puede que incluso contribuyan a la creación y mantención de conductas problemáticas (Walter & Peller, 1996).
Una manera de evitar los potenciales problemas asociados al uso de técnicas orientadas a problemas clínicos es integrar un enfoque orientado a la solución (de Shazer, 1988, 1994) en un marco cognitivo-conductual, y use éste para formar una base para una psicología del coaching.
La terapia breve orientada a la solución (BSFT - Brief Solution Focused Therapy) tiene sus raíces en el enfoque de la terapia estratégica de Milton H Erickson. El trabajo de Erickson alcanzó renombre con la fundación del Instituto de Investigación Mental (MRI - Mental Research Institute) en Palo Alto, California en 1958 y por la publicación de Estrategias de Psicoterapia (Haley, 1963; vea Cade y O'Halon, 1993 para más detalles del desarrollo de BSFT y la contribución de Erickson). O'Connell (1998) cita lo siguiente como las características centrales del enfoque de Erickson y que forman la base de la BSFT (de Shazer, 1988). Estas podrían perfectamente ser constructos escenciales en la base de una psicología del coaching.
Fijación de Metas
La fijación de metas es el fundamento de una exitosa auto-regulación. Aunque existe una voluminosa literatura respecto de la fijación de metas (Rawsthorne & Elliot, 1999), muy poco de esto ha sido explícitamente discutido en la literatura del coaching. Las revisiones de Locke (1996) y las de Latham y Locke (1991) referentes a la investigación en fijación de metas sumariza un espectro de hallazgos que contribuyen positivamente a un enfoque cognitivo-conductual del coaching.
De acuerdo a las revisiones de Locke (1996) y las de Latham y Locke (1991), para aquellos individuos que son comprometidos y poseen la habilidad necesaria y el conocimiento, metas que son difíciles, específicas y explícitamente definidas permiten que el desempeño pueda ser precisamente regulado e incrementado. El compromiso con las metas es crítico (Hollenbeck & Brief, 1987), y un alto compromiso se logra cuando la meta es percibida como alcanzable e importante, o cuando el individuo participa en la determinación de los logros. La fijación de metas es más efectiva cuando existe retroalimentación que muestre el grado de progreso en relación a la meta, y las metas estimulan la planificación en general, y frecuentemente la calidad de la planeación es mayor que aquella sin metas. Más aún, los efectos de la fijación de metas pueden perdurar largo tiempo. Por ejemplo, Howard y Bray (1988) encontraron que las metas gerenciales fijadas para las promociones a futuro eran un predictor significativo del número de promociones recibidas durante un periodo de 25 años.
Las implicancias de los hallazgos de Locke (1996) y de Latham y Locke (1991) para la práctica del coaching es que los coaches deben esforzarse en ayudar a sus coachees a fijarse metas exigentes, específicas, atractivas, realistas y con plazos definidos, de modo que puedan ser fácilmente operacionalizadas y desarrolladas en planes de acción. Por ejemplo, haciendo coaching para desarrollo de carrera, una meta pobre sería "desarrollar una serie de opciones de carrera". Esta meta es vaga y pobremente definida. En contraste, la meta "en tal fecha yo tendré 5 opciones de carrera que son congruentes con mis necesidades, valores y creencias" es mucho más específica y es fácilmente traducible a un plan de acción. El coaching haría bien en incorporar explícitamente los hallazgos de Locke (1996 y de Latham y Locke (1991) en los programas de coaching.
Planificación y acción
La fijación de metas es una necesaria, pero no suficiente parte del proceso de coaching - los planes deben ser desarrollados y ejecutados. La planificación para la acción es el proceso de desarrollo de una forma sistemática para alcanzar metas. VandeWalle et al. (1999) encontró que la planificación sistemática estaba asociada con el desempeño de las ventas, y la buena planificación es particularmente importante para individuos que poseen pocas habilidades de auto-regulación (Kirschenbaum, Humphrey & Malett, 1981). El rol del coach en la etapa de planificación es facilitar la habilidad del coachee para desarrollar un plan de acción realista y ejecutable. El coach podría tener que enseñar habilidades de planificación, si fuese necesario.
Un resultado clave de una exitosa planificación es facilitar la transición del coachee desde una mentalidad deliberativa a una mentalidad implementativa (Gollwitzer, 1996; Heckhausen & Gollwitzer, 1987). La mentalidad deliberativa se caracteriza por equilibrar cuidadosamente los pros y contras de una determinada acción y por un cuidadoso examen de metas o cursos de acción en conflicto (Carver & Scheier, 1998). La mentalidad implementativa se hace presente una vez que la decisión de actuar ya se ha hecho. Esta mentalidad posee una cualidad enfocada y determinada y se inclina a favor de pensar en el éxito más que en el fracaso. El cambio de una mente deliberativa a una implementativa es importante ya que individuos que implementan tienden a percibirse a sí mismos como en control de sus resultados (Gollwitzer & Kinney, 1989) y experimentan una visión positiva y optimista de sus probabilidades de éxito (Taylor & Gollwitzer, 1996). Tales cogniciones están asociadas con altos niveles de auto-eficacia, auto-regulación y logro de metas (Bandura, 1982).
Monitoreo, evaluación y cambio: El rol de la auto-conciencia
La fijación de metas y la planificación para la acción requieren ser complementadas con monitoreo y evaluación. Porque el auto-monitoreo y la auto-evaluación son componentes clave del ciclo de auto-regulación es importante poseer un entendimiento de los mecanismos socio-cognitivos involucrados y cómo ellos impactan la práctica del coaching y sus resultados.
El auto-monitoreo y la auto-evaluación son procesos metacognitivos, siendo la metacognición el proceso de pensar en los propios pensamientos, sentimientos y conductas. Como notan Carver y Scheier (1998), las habilidades clave para un auto-monitoreo y auto-evaluación efectivos incluyen el self-awareness y la auto-conciencia. El self-awareness se refiere a la capacidad para enfocar la atención a algún aspecto de sí mismo o de la propia experiencia (Wicklund, 1975), y atención se refiere al procesamiento selectivo de información sensorial. El self-awareness se refiere entonces al procesamiento selectivo de la información a cerca de sí mismo (Fenigstein, Scheier & Buss, 1975). La auto-conciencia se refiere a la propensión o habilidad del individuo a ser self-aware. Fenigstein et al. (1975) diferencia entre auto-conciencia privada que tiene que ver con atender los propios pensamientos internos y sentimientos, y la auto-conciencia pública que es una conciencia general de uno mismo como objeto social que provoca un efecto en otros.
En relación al ciclo auto-regulatorio, enfocar la atención en sí mismo permite al individuo acceder mejor a las representaciones mentales internalizadas de los estándares y valores de referencia por los que evalúa su desempeño. De esta manera, aquellos individuos que poseen un alto nivel de auto-conciencia privada debiesen desempeñarse mejor que aquellos con un bajo nivel de auto-conciencia privada. Sin embargo, se debe notar que aunque altos niveles de auto-conciencia privada están asociados con un preciso y extensivo auto-conocimiento, ellos también están asociados con rumiación psicopatológica y depresión (Trapnell & Campbell, 1999).
El desarrollo de la auto-conciencia privada de un individuo a través del coaching puede ser particularmente importante cuando el coaching se dirige al aumento de las habilidades interpersonales, por ejemplo, en coaching para el liderazgo o ventas (Church, 1997; Sosik & Dworakivsky, 1998), o para el aumento de habilidades intrapersonales como en el entrenamiento de habilidades mentales (Bull, 1991; Sinclair & Sinclair, 1994). Esto porque el desarrollo de habilidades intra e interpersonales puede bien verse limitadas por un bajo self-awareness o una falta de interés en los aspectos psicológicos o emocionales de la experiencia humana y la interacción (Bar-On & Handley, 1999; Goleman, 1998). Para aquellos clientes de coaching sus niveles de auto-conciencia privada pueden ser un indicador de su mentalidad psicológica, esto es, su interés y habilidad para entender las causas psicológicas y significados de sus conductas, pensamientos y sentimientos (Fenigstein, 1997).
La auto-conciencia privada ha sido ampliamente referida por algunos teóricos como sinónimo de mentalidad psicológica (McCallum & Piper, 1997). Esta sinonimia es evidente en Farber (1989, p.170) quien define la mentalidad psicológica como una "disposición para reflexionar a cerca de los significados y las motivaciones de conductas, pensamientos y sentimientos de sí mismo y de otros". Porque tal auto-reflexión juega un rol determinante en el ciclo autoregulatorio, la exploración de rol de la mentalidad psicológica podría entregar pistas a cerca de los mecanismos de cambio cognitivo asociados tanto en el coaching como en la terapia.
A pesar de la antigua sugerencia de Fenigstein et al. (1975) respecto de la auto-conciencia privada como importante predictor de los resultados de la terapia, ha existido muy poca investigación al respecto. Existe alguna evidencia que altos niveles de auto-conciencia privada están asociados con ansiedad, estrés y depresión (Jimenez, 1999; Keogh, French & Reidy, 1998; Kuiper, Olinger & Swallow, 1987), aunque otros estudios han descubierto correlaciones negativas entre auto-conciencia privada y psicopatología (Kim, Oh, Moon & Kim, 1999). Sólo un estudio ha examinado el impacto en terapia de la auto-conciencia privada. Usando la Escala de Auto-conciencia Privada (Fenigstein et al., 1975), Thomassin (1999) encontró un moderado aumento de auto-conciencia privada después de la psicoterapia. Existe también alguna evidencia que altos niveles de self-awareness están asociados con mejor desempeño. Por ejemplo, Church (1997) encontró que gerentes de alto rendimiento en una organización eran significativamente más self-aware que los gerentes de pobre desempeño. Más aún, individuos con altos niveles de auto-conciencia privada aparecen como poseedores de más atribuciones funcionales para el éxito que individuos con bajos niveles de auto-conciencia privada (Briere & Vallerand, 1990) y ellos tienden a ser menos afectados negativamente por retroalimentación negativa (Doherty & Schlenker, 1991).
Coaching es estimular el cambio voluntariamente propuesto. Sin embargo, ha existido poco trabajo en la literatura relacionada con el coaching dirigido a desarrollar un modelo del cambio específico para el coaching o para adaptar y verificar modelos existentes del cambio para su uso en coaching. Existen dos modelos clave del cambio que han sido aplicados para el desarrollo individual de carrera, cambios de vida y cambio organizacional: el Modelo de Transición de Bridges (1986) y la Adaptación del Modelo de Transiciones de Schlossberg (1981a).
El Modelo de Transición de Bridges
El Modelo de Bridges (1986) distingue entre cambio y transición, y se enfoca en el rol de las reacciones emocionales al cambio. Bridges (1986) argumenta que el cambio es algo situacional y externo. El cambio sucede cuando algo comienza o se detiene. Por ejemplo, el acto físico de moverse de una oficina a otra es un cambio. En contraste, la transición es la experiencia interna de un gradual proceso de reorientación psicológica según respondemos y nos adaptamos al cambio. La transición puede resultar de un cambio, pero es frecuentemente gatillado por la noticia de un cambio inminente. En el modelo de Bridges (1986) existen tres etapas en una transición: términos, zona neutral y nuevos comienzos.
El modelo comienza con el reconocimiento que las transiciones comienzan con un término. La idea aquí es que algo debe terminar para que otra cosa pueda comenzar. De esta manera, la fase de término es una etapa de abandono del pasado. Aquí puede haber una aguda sensación de pérdida, de duelo, rabia y resentimiento. Bridges (1991) recomienda que los individuos en la etapa de término se den tiempo para completar el proceso.
La siguiente etapa es la zona neutral, el centro del proceso de transición. Esta etapa se caracteriza por un sentido de confusión e incertidumbre respecto del futuro. Bridges (1991) nuevamente previene en contra de moverse prematuramente fuera de la zona neutral y sugiere que la zona neutral es un lugar de promesa y oportunidad, y representa un gran momento para la creatividad y la renovación.
La etapa final en el modelo es el nuevo comienzo. Aquí la nueva visión del futuro es desarrollada y ejecutada. El temor y la desorientación se transforman en excitación respecto de las nuevas oportunidades. Bridges (1991) sugiere que los individuos en esta etapa necesitan mantener el foco en lograr resultados, volverse más concientes de sus pensamientos y emociones, y estar abiertos a la necesidad de cambiar de planes en respuesta a eventos inesperados.
Existen más de 70 artículos publicados en la prensa profesional que discuten el modelo de Bridges y su modelo ha sido activamente promocionado por las grandes empresas dedicadas al entrenamiento (Bridges, 2000). A pesar de la adopción del modelo por consultores de cambio organizacional y de recursos humanos (Fisher, 1997; Williams, 1999), el modelo ha atraído poca investigación empírica. Aunque Bridges (1986; 1991) cita un número de casos de estudio para apoyar el Modelo de Transición, la base de datos PsychInfo lista sólo 5 artículos investigando el modelo (Bridges, 1986; Pun, 1997; Scanlan & Stumph, 1995; Scheier, Carver & Bridges, 1994; Shields & Milks, 1994). Una razón para esta falta de interés por los investigadores puede deberse a la naturaleza puramente descriptiva del modelo y su falla en delinear los potenciales mecanismos psicológicos asociados al cambio.
El Modelo de Transición de Schlossberg
Otro modelo transicional para el cambio es presentado por Schlossberg (1981a; ver también Schlossberg, 1981b; 1987; 1997; Schlossberg, Waters & Goodman, 1995). Schlossberg (1981a) ha recibido menos publicidad que Bridges, a pesar de ser algo más sofisticado en sus esfuerzos por delinear la clave psico-social que media la transición a través del cambio.
En el intento de presentar un modelo exhaustivo del cambio, Schlossberg (1981) cita tres conjuntos de factores que afectan la adaptación de la persona al cambio:
Schlossberg (1981b) argumenta que su modelo provee un enlace directo a las intervenciones entregando un marco de trabajo para analizar las dificultades del individuo con una transición particular, y un mapa cognitivo para entender las reacciones a eventos de la vida, y una manera para consejeros y clientes de analizar los enlaces perdidos entre transición y adopción.
Para facilitar el movimiento hacia una adaptación al cambio, Schlossberg (1981b) propone que los consejeros deben: trabajar para ayudar a los clientes a desarrollar una clara percepción de sus necesidades vitales, facilitar que los clientes desarrollen un claro entendimiento de sus necesidades presentes, ayudar a los clientes a evaluar cómo ellos manejan actualmente la exigencia, el estrés y su capacidad para tomar decisiones; ayudar a los clientes a identificar y evaluar sus patrones de respuesta típica ante una nueva situación; y facilitar la adquisición de nuevas habilidades que ayudarán a enfrentar más efectivamente los propios objetivos.
El modelo de Schlossberg (1981a) está diseñado para entregar un entendimiento del cambio humano en eventos importantes en la vida de un individuo como la pérdida del trabajo, el término del matrimonio, cambios geográficos, volver a la escuela, cuidado de padres ancianos o jubilar, e intenta presentar un marco de referencia desde el cual entender porqué algunos individuos enfrentan el cambio mejor que otros.
Aunque este es un amplio enfoque que permite la comprensión del proceso de cambio y provee una heurística útil desde la cual acompañar a individuos a través del cambio, no está claro cómo este modelo puede ser adaptado en relación a facilitar los altamente específicos y voluntarios cambios conductuales y emocionales centrales en la práctica del coaching. Por lo tanto, aunque provee una útil guía heurística, ninguno de estos modelos más allá de la descripción, permiten la predicción o dan pistas a cerca de cómo facilitar mejor la adopción de conductas específicas.
La necesidad de una teoría en la cual basar la práctica es ampliamente reconocida en todas las subdisciplinas de la psicología (Hershenson, Power & Seligman, 1989; Retief, 1986; Schmitt, 1994). Una psicología del coaching científica requiere de una teoría del cambio que vaya más allá de lo descriptivo, una que sea capaz de detallar los mecanismos psicológicos de base (Kazdin, 2000) y que entregue claridad respecto de cómo mejorar la adopción de conductas específicas (Smith, 2000). Un modelo de cambio que ha recibido muy poca atención fuera del campo de la clínica es el Modelo de Cambio Transteorético (Prochaska & DiClemente, 1984).
El Modelo Transteorético (TTM - Transtheoretical Model, Prochaska & DiClemente, 1984) fue originalmente desarrollado en referencia a conductas adictivas tales como el fumar (DiClemente, Prochaska, Fairhurst & Velicer, 1991; Prochaska & DiClemente, 1983) y el abuso de alcohol y drogas (DiClemente & Hughes, 1990). Desde entonces, el modelo ha sido aplicado exitosamente en un amplio rango de problemas y conductas relacionadas con la salud incluyendo anorexia (Ash, 1997), prevención de HIV (Bowen & Trotter, 1995), obesidad (Chupurdia, 1993), y adopción de una dieta saludable (Cullen, Bartholomew, Parcel & Koehly, 1998). El modelo postula que el cambio no es un proceso dicotómico de todo-o-nada. El cambio implica una transición progresiva a través de una serie de etapas claramente identificables aunque, de alguna manera, se traslapan.
Aunque existe un cuerpo de investigación sustancial respecto del TTM, mucho del cual ha encontrado apoyo para los constructos centrales del TTM, últimamente el TTM ha sido objeto de una re-evaluación crítica de su teoría (p.e. Sutton, 2001; Weinstein, Rothman & Sutton, 1998).
Un enfoque clave en este debate ha sido si la TTM puede ser verdaderamente considerado como consistente en una serie de etapas discretas y mutuamente excluyentes, o si la noción de etapas discretas está garantizada del todo, y que el TTM sería mejor comprendido como un modelo de cambio en el que las etapas propuestas representan categorías ordenadamente, indentificables o pseudo-etapas sobre un continuum (p.e. Kraft, Sutton & Reynolds, 1999). Aunque algunas investigaciones empíricas apoyan la noción de un continuum subyacente (p.e. Rakowski, Dube, Marcus, Prochaska, Velicer & Abrams, 1992), el debate teórico continúa.
Sin embargo, el TTM tiene muchas fortalezas que pueden ser útiles para informar una práctica del coaching. Estas incluyen la concentración del modelo en el proceso involucrado en la adopción de una conducta específica, su detalle en los factores sociocognitivos clave asociados con el cambio conductual voluntario, y que puede ser utilizado para especificar qué estrategias son potencialmente más efectivas en cada etapa del cambio.
La progresión a través de estas etapas puede desembocar en un cambio permanente. Sin embargo, para la mayoría de los individuos, el cambio es cíclico y no un proceso lineal y muchos individuos vuelven a sus viejos patrones de conducta antes que la nueva conducta sea permanentemente mantenida. Las etapas de cambio son:
El TTM postula que los individuos experimentarán cambios cognitivos y motivacionales según se muevan a través de las diferentes etapas. Un constructo clave es aquel del balance decisional. Desarrollado a partir del modelo de ganancias versus pérdidas para la toma de decisiones de Janis y Mann (1977), el constructo de balance decisional sugiere que los individuos pesan los pros (beneficios percibidos) y los cons (los costos percibidos) de hacer un cambio y que el pesar los pros y cons varía según los individuos se mueven a través de las etapas del cambio.
El modelo predice que para los individuos en la etapa de precontemplación los cons del cambio serán más evidentes que los pros y que este balance decisional se irá gradualmente reversando en la medida que los individuos se muevan a través del resto de las etapas (Prochaska et al., 1985). Así, para los individuos en las etapas de acción y mantención los pros del cambio serán más importantes que los cons. La siguiente figura ilustra el patrón típico de pros y cons a través de las etapas de cambio. Patrones similares se han observado para un número de diferentes conductas problemáticas incluyendo fumar, uso de condón, ejercicio, dejar de fumar y de tomar drogas (p.e. Basler, Jaekle, Keller & Baum, 1999; Grimley, Prochaska, Velicer & Prochaska, 1995; Lafferty, Heaney & Chen, 1999; Prochaska et al., 1994).
Un patrón típico de pros y cons a lo largo de las etapas de cambio.(Ver imagen en el original dirección URL al pie de página)
Existen otros dos constructos clave en el TTM: auto-eficacia y fortaleza del hábito. La auto-eficacia es la creencia en la propia competencia para desarrollar alguna tarea específica (Bandura, 1977a). La auto-eficacia juega un rol central en la manera que el cambio de conducta afecta al individuo en su decisión de hacer cambios, la cantidad de esfuerzo que tiene que realizar para crear el cambio y la cantidad de tiempo durante el que tendrá que perseverar ante la adversidad (Bandura, 1982; Bandura, 1986; Velicer, DiClemente, Rossi & Prochaska, 1990). El modelo del TTM predice que la auto-eficacia aumentará a medida que los individuos se muevan a través de las etapas de cambio y efectivamente esta relación ha sido observada en varios cambios conductuales incluyendo la adopción de dietas saludables (Ounpuu, Woolcott & Rossi, 1999), uso de condón (Lauby et al., 1998), higiene dental (Stewart, Wolfe, Maeder & Hartz, 1996) y ejercicio físico (Marcus, Eaton, Rossi & Harlow, 1994).
La fortaleza del hábito se refiere a los aspectos psicológicos y fisiológicos de la conducta en cuestión (Velicer, Rossi & Prochaska, 1996). Por ejemplo, para los fumadores de cigarrillos la fortaleza del hábito se mide según variables conductuales como el número de cigarrillos fumados al día, la hora en que se prende el primer cigarrillo, y variables psicológicas como la tentación del individuo a fumar en diferentes situaciones. El TTM predice que la fortaleza del hábito será alta en la etapa de precontemplación, disminuyendo levemente durante la contemplación y disminuyendo dramáticamente en las etapas de acción y mantención. Estas predicciones han sido probadas (Velicer, Norman, Fava & Prochaska, 1999).
El TTM posee importantes implicancias para guiar la práctica del coaching. Prochaska, DiClemente y Norcross (1998) destacan un número de normas para facilitar el cambio basadas en el TTM que pueden tener aplicación en la práctica del coaching.
Evite tratar a todos los individuos como si se encontraran en la etapa de acción:
Prochaska et al. (1998) enfatizan la necesidad de evaluar la disposición y el grado de preparación del cliente al cambio. Tal evaluación puede ser conducida a través de un cuestionario escrito, observación conductual o (posiblemente la de más uso para los coaches) por auto-reporte verbal. El auto-reporte puede considerar el preguntarle al cliente una serie de preguntas simples tales como "¿Piensa Ud. que la conducta X es un problema actualmente?". Si la respuesta es sí, entonces el coachee está en la etapa de contemplación, preparación o acción; si es no, entonces el coachee está en las etapas de mantención o precontemplación. La otra pregunta que puede hacerse es "¿Cuándo intenta Ud. cambiar la conducta X?" Si la respuesta es en algún momento o no muy pronto, el coachee se encuentra en la etapa de contemplación; si la respuesta es el próximo mes, entonces puede encontrarse en la etapa de preparación, y si la respuesta es ahora, probablemente se encuentre en la etapa de acción.
Individuos en la etapa de acción son propensos a alcanzar mejores y más rápidos resultados que aquellos en las etapas de contemplación y preparación:
El modelo sugiere que los individuos en la etapa de acción pueden hacerse cargo de tareas de cambio conductual más desafiantes y de objetivos más difíciles que otros individuos.
Facilite el paso de la introspección a la acción:
Los individuos que se encuentran reacios a hacer cambios están típicamente en las etapas de contemplación o preparación (Grimley & Lee, 1997) y pasan más tiempo pensando en sus problemas que en realizar los cambios conductuales. Para tales clientes es importante que el coach facilite el cambio desde pensar en problemas a trabajar en el cambio de conducta mismo.
Anticipe las recaídas:
Para mucha gente, las recaídas - volver a la conducta antigua - es una parte normal del proceso de cambio (Brownell, Lichtenstein, Marlatt & Wilson, 1988; Marcus, Bock & Pinto, 1997; Marlatt, 1996). El coach necesita incluir estrategias para la prevención de recaídas, preparar al cliente para potenciales retrocesos y minimizar la culpa y la vergüenza si ocurre la recaída y ayudar al cliente a volver a la acción lo antes posible.
Ha habido una cantidad considerable de investigación que apoya el TTM. Sin embargo, a pesar que las bases de datos PsychInfo y PsychList listan sobre 500 citas en la literatura académica, todas excepto cuatro citas están en relación con conductas problemáticas o conductas relacionadas con la salud (Grove, Norton, Van Raalte & Brewer, 1999; Levesque, Prochaska & Prochaska, 1999; Prochaska, 2000; Rider, 1998).
Dos de estos estudios (Levesque et al., 1999; Prochaska, 2000) investigaron la aplicabilidad del TTM para el cambio organizacional. Levesque et al. (1999) encontraron apoyo para el modelo en relación con los cambios organizacionales involucrados en el movimiento hacia una integración en la entrega de servicios de una universidad. Prochaska (2000) encontró apoyo para la aplicación del TTM en la evaluación del grado de preparación para el cambio organizacional de agencias de servicios familiares en la adopción de terapia de tiempo limitado.
Los otros dos estudios examinaron la aplicación del TTM en el entrenamiento de habilidades psicológicas en el campo del deporte. Rider (1998) encontró apoyo para el TTM en esta área observando las relaciones hipotéticas entre etapas del cambio, balance decisional y auto-eficacia. Grove et al. (1999) encontró que, comparado con los controles, los individuos en programas de entrenamiento de habilidades mentales para jugadores de basketball de desplazaron sistemáticamente a través de las etapas de cambio y progresaron en el programa.
En base a este apoyo inicial para las aplicaciones del TTM en temas no relacionados con patologías o problemas de salud, la investigación futura debiese examinar la aplicabilidad del TTM en el coaching para mejorar el desempeño. Las preguntas de las investigaciones podrían incluir si los constructos de balance decisional, fortaleza del hábito y auto-eficacia son tan importantes en la práctica del coaching como lo han sido en los ámbitos de la patología y los asuntos relacionados con la salud.
Las raíces de una psicología del coaching son de larga data, sin embargo, a la fecha muy poco trabajo empírico o teórico se ha concentrado en el coaching ejecutivo o de vida. Este trabajo sugiere que el desarrollo de un marco de referencia para una psicología del coaching puede ser desarrollado de la siguiente manera: Dado el éxito de las técnicas cognitivas y conductuales en la práctica clínica y la consejería, los investigadores debiesen determinar si tales técnicas son efectivamente aplicables en las poblaciones de coaching que buscan mejorar su desempeño más que en las poblaciones clínicas que buscan aminorar sus psicopatologías.
La investigación futura debiese también buscar extender la aplicabilidad del TTM para las poblaciones no-clínicas. Tal extensión entregaría un útil y muy necesario modelo para la psicología del coaching. Adicionalmente, el desarrollo de una psicología del coaching se facilitaría con un entendimiento de cómo las intervenciones de coaching impactan y son mediadas por factores sociocognitivos tales como mentalidad psicológica, auto-conciencia y auto-regulación. La investigación futura debiese enfocarse en utilizar grupos en vez de casos individuales y seguir metodologías de investigación clínica establecidas con un énfasis en mediciones de resultados objetivas y cuantificables.
La psicología se encuentra privilegiadamente ubicada para realizar una contribución significativa en términos de ampliar el desempeño en la vida y en el trabajo a través del coaching. Estableciendo una base teórica y conduciendo investigación empírica en torno a las líneas sugeridas se entregarán sólidos cimientos para la emergente disciplina de la psicología del coaching.
NOTA: para imágenes ver dirección URL original (inglés).
Copyright 1996-2002 Instituto de Terapia Cognitiva INTECO
Dirección: Providencia 2608 of. 62, Santiago, CHILE.
Teléfono: +56 (2) 232 1781 - Fax: +56 (2) 234 2978
Email: info@inteco.cl